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Full text of "Rusia no es cuestión de un día..."

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Juan Eugenio Blanco 



RUSIA 

NO ES 

CUESTIÓN DE UN DÍA... 



TEMAS DE ESPAÑA ANTE EL MUNDO 






TEMAS DE ESPAÑA ANTE EL MUNDO 



JUAN EUGENIO BLANCO 



RUSIA NO ES 
CUESTIÓN DE UN DÍA... 

ESTAMPAS DE LA DIVISIÓN AZUL 

Prólogo de Agustín Aznar 
Ilustraciones de Blanco del Pueyo 






PUBLICACIONES ESPAÑOLAS 
MADRID 
19 5 4 



•« 



Sucesores de Rivadeneyra, S. A.— Paseo de Onésimo Redondo, 26. — Madrid. 



PROLOGO 



Juan Eugenio Blanco nos ofrece en estas páginas que vais a leer 
una evocación de la campaña de la División Azul en tierras de Rusia, 
y su narración ha de constituir con toda seguridad, para cuantos la vi- 
vimos, un magnífico archivo de los recuerdos de aquellos largos e inter- 
minables días que transcurrieron bajo los ardores del estío o entre la 
nieve de los largos y desoladores inviernos. 

Pero lo más importante es que todas las páginas de estos relatos 
son historia pura, vivida y sufrida día a día, y escrita bajo la impresión 
cálida y ardiente en el mismo escenario de la acción. 

No pretende, por tanto, nuestro camarada Eugenio Blanco servirnos 
una composición literaria nacida con premeditado afán de lucimiento, 
sino un relato en forma de reportaje, en lenguaje íntimo, voluntaria- 
mente desprovisto de aderezos retóricos que pudieran falsear el encanto 
de su autenticidad. 

Es, sencillamente, la irrefrenable expansión del alma de un divisio- 
nario, trasladando a letras de molde todos los recuerdos captados en 
las tierras lejanas y duras donde luchó con su división. 

El propio autor dice en uno de sus artículos que él no ha inventado 
ni descubierto nada, pero hay que reconocer que ha sabido recoger con 
fina sensibilidad y con ágil pluma muchos de los dramáticos matices 
de esta aventura y que, además, ha sabido captar la fuerte seducción 
de la tierra rusa y señalar la gran diferencia que existe entre la juven- 
tud educada por el comunismo, sin otros conocimientos de la Geogra- 
fía, la Historia y de la misma vida que los que quisieron darle a conocer 
sus dirigentes, y la fuerte espiritualidad de la masa adulta y campesi- 
na, que, a pesar de treinta años de materialismo, ha sabido sobrenadar 
del gran naufragio espiritual y continúa cada noche rezando ante sus 
iconos, llena de esperanza y fe. 

Esta es una historia pequeña y parcial en cuanto a su contenido, 



como su mismo autor indica; pero días llegarán en que estas historias, 
pequeñas y parciales pero auténticas y llenas de emoción y recuerdo, se 
¡unten al fin para explicar a los españoles y al mundo entero la impor- 
tancia capital que en aquel momento, y en todos, tuvo la presencia de 
los españoles en tierras de Rusia. 

No soy quién para juzgar el valor literario de esta obra, y sólo la 
cordial camaradería y la petición de su autor me hacen escribir estas 
lineas. Pero lo hago con gusto, porque todos los que allí estuvimos po- 
dremos recordar — vivir de nuevo un poco — las horas de vida intensa 
de los divisionarios, en las que se iban entremezclando a cada paso el 
ardor del combate, el dolor, la alegría y la nostalgia de las cosas que- 
ridas y lejanas; y también esa anécdota que envuelve las más grandes 
epopeyas, tal vez para hacerlas asequibles y vivas, y poderlas guardar 
para siempre en el dulce recuerdo. 



Agustín Aznar Gerner. m 

(De la segunda compañía divisionaria de Antitanques.) 



Madrid, enero de 1952. 



EXPLICACIÓN 



Esto, como podrán advertir los lectores, no es un libro metódica- 
mente escrito; ni siquiera es un relato que se desarrolla con arreglo a 
un plan determinado. Es lo que dice el título: una serie de "estampas" 
sin nexo apreciable, sin lógica continuidad ni en el tiempo ni en el 
asiento geográfico de su tema. El motivo de haberlo escrito es, simple- 
mente, la nostalgia, ese sentimiento que nos ha quedado a los que 
hemos estado allí; el mismo que nos hace conversar atropelladamente, 
en cuanto nos reunimos, aliviados de nuestras preocupaciones, a char- 
lar sobre los mil incidentes que la campaña de cada uno tuvo en Rusia; 
esas charlas en las que siempre dice alguno: "¡Cuánto daría por volver 
a ver la plaza de Nowgorod, la tierra calcinada de Possad, las abati- 
das piedras del Monasterio de Otensky o la impresionante llanura he- 
lada del limen!" 

Hijas de la nostalgia, nacieron las primeras "estampas" recién lle- 
gado de Rusia, a finales de 1942, y desde entonces, con una intermi- 
tencia que a veces es de varios años — ni mi horno particular, por 
razones que no son del caso, ni el horno internacional estaban para 
bollos divisionarios — , he venido publicando estas impresiones, que en 
mi intención han querido ser como fogonazos aislados que iluminen en 
la noche de lo ignorado — apenas se ha escrito nada serio sobre la Divi- 
sión Azul — algunos sectores con la parcialidad de algo acotado, pero 
también con la nitidez de una impresión auténtica y directa. 

Mi restringido observatorio es el que pudo tener cualquier cama- 
rada de la segunda compañía divisionaria de Antitanques, y en el orden 
del tiempo recoge mi mirada lo ocurrido desde el día que fuimos a 
alistarnos a la Ciudad Universitaria hasta aquel en que, con unos cuan- 
tos camaradas heridos procedentes del hospital de Wilna, regresé a 
España. Pero hay tres "estampas" que se salen de estos límites. Una, 
la titulada Lago limen; no tuve el honor de participar en los hechos 
que se narran, que reconstruyo a base de datos cuya autenticidad me 
consta y a través de varios camaradas que fueron protagonistas de la 
gesta, y otras las que llamo Krasny Bor y A orillas del Isora, princi- 
pales escenarios de la heroica batalla que libró la División Azul en el 
mes de febrero de 1943. Para la reconstrucción de estas últimas me 






JUAN EUGENIO BLANCO 



valgo tanto de documentos fehacientes como de la impresión personal 
de mi hermano Eduardo, que estuvo allí al mando de una compañía 
de Infantería, pero que no me pudo contar hasta el final, a causa de 
un tiro en la cabeza que le dieron cuando aún no había terminado el 
jaleo. 

Ambas excepciones tienen su razón de ser. La primera, por su re- 
sonancia extraordinaria, hasta el punto de que quizá sea el hecho más 
divulgado de los que la División realizó. Y las últimas porque son un 
tributo obligado a los magníficos camaradas que relevaron a la "pri- 
mera" División, es decir, la que salió en julio de 1941 y estaba en su 
mayoría en España..., o en los luceros, cuando llegó la batalla de Krasny 
Bor, sin duda alguna la más importante, desde el punto de vista de 
efectivos .materiales y humanos en combate, entre las que participaron 
los voluntarios españoles. 

Casi me da vergüenza decir que el libro no tiene la menor preten- 
sión literaria, porque pudiera pensarse que al afirmar esto disimulaba 
un soterrado propósito. No. Creo sinceramente que basta leerlo para 
cerciorarse. Yo mismo tuve que suspender, horrorizado, la revisión que 
iniciaba para evitar repeticiones y "arreglar" las cosas que me parecía 
no sonaban bien..., porque no hubiera terminado nunca. Aparte de que 
no sea el de escritor el destino que Dios me haya deparado, diez años 
de ocho a diez horas diarias de trabajo, produciendo gran cantidad de 
oficios, informes y rollos relacionados con la administración de los Se- 
guros sociales, me habrían esterilizado para tal menester. En este as- 
pecto mi único mérito es haber logrado esquivar las palabras "citado", 
"referido", "susodicho" y otros comodines semejantes de la inefable 
burocracia. Además, el haber rectificado la "literatura" de las estampas 
sería una descortesía para quienes ya las leyeron, algunas de ellas pu- 
blicadas hace bastantes años. 

Lector: si no eres divisionario, informarte; si lo eres, hablar con- 
tigo, recordar. Sólo por esos dos motivos se encuaderna este libro. 



EL CUARTEL DEL INFANTE DON JUAN 

Unos días después del "Rusia es culpable" bajaba hacia la Mon- 
cloa en un "49" para presentarme en el cuartel del Infante Don Juan, 
donde se hacía la concentración de los divisionarios madrileños. Iba 
muy orgulloso de que, sin recomendación de nadie, me hubiesen lla- 
mado de los primeros en la Ciudad Universitaria e incluido en la se- 
gunda compañía divisionaria de Antitanques, unidad codiciadísima por 
todos los camaradas. 



RUSIA NO ES CUESTIÓN DE UN DÍA... 



Me tocó en el asiento de al lado un hombretón ancho de espaldas, 
rubio, con lentes, un típico homo cualunque univesitario, que, al ad- 
vertir en mi camisa la calavera de los antitanques, me dijo que él iba 
a ver si también podía lograr ser incluido en mi compañía. Yo me 
creí en la obligación de farolear un poco: era -muy difícil, selecciona- 
ban mucho a la gente, ya estaba completa, iban en ella Agustín y todos 
los excepcionales camaradas de la Vieja Guardia, etc., etc. Mi compa- 
ñero de pequeño viaje insistía humildemente en que trataría de conse- 
guirlo. Cuando llegamos al cuartel y entramos en la nave donde la 
compañía estaba en. embrión fui yo el que me sentí más cualunque 
que nadie al ver cómo todas las jerarquías militares y de la Falange 
le abrazaban. Mi acompañante del tranvía era nada menos que Enrique 
Sotomayor; aquella lección fué la primera que de él recibí. 

Muchos camaradas de la segunda de Antitanques —especialmente 
los procedentes de la centuria de balillas— no tenían más idea de la gue- 
rra que la que el cine podía haberles dado y hacía gracia escuchar sus 
conversaciones; sobre esto recuerdo que Ferrer, cuando llegamos a 
Possad en un excepcional momento de calma, dijo muy escéptico: "¿Y 
así es el frente? Yo creía que el frente era como una cortina de humo, 
pólvora, metralla, luces, cascotes, obuses, incandescente siempre como 
un volcán en erupción." Al poco rato ya tenía todo lo que imaginaba y 
no había quien le convenciese de que la guerra, tanto y más que aque- 
llo, eran las horas de tranquila centinela, los días y los días sin pegar 
un tiro, las descubiertas sin encontrar a nadie, el tiroteo tonto y ais- 
lado. Sólo en casos excepcionales — Possad fué uno de ellos — era la 
guerra como creía Ferrer. 

La mayoría de los flamantes antitanquistas, en el cuartel del In- 
fante Don Juan, tenía de un cañón anticarro la misma noción que de 
un megaterio. No regateamos nuestra admiración por los diez o doce 
cabos voluntarios, procedentes del Ejército, que manejaban el antitanque 
que teníamos de muestra como si fuera un juguete. Tampoco había 
experiencia cuartelera, y más de uno se negó a hacer "imaginaria" sin 
saber lo que era, pero pensando, un tanto vagamente, en un fantasma 
blanco recorriendo el pasillo central que quedaba entre las dos hileras 
de camas, en los grandes pabellones. 

Eran dignas de verse y oírse las clases de "Teórica" que nos dieron 
unos cuantos días los sargentos profesionales voluntarios. En un corro 
formado por Agustín Aznar, Enrique Sotomayor, Alfredo Jiménez Mi- 
llas, Muñoz Calero y varios camaradas más de la Vieja Guardia el sar- 
gento repetía, incansable, su lección de divulgación histórica, tantas 
veces dada a los reclutas: "El Ejército es el defensor de la Patria..." 
Todos nos sumergíamos con recogimiento en un baño de humildad y 




8 JUAN EUGENIO BLANCO 

/ 
hasta sacábamos del atolladero al sargento si alguna frase no le salía 

redonda. 

Con la ingenua fanfarronería de los soldados de todos los tiempos 
se improvisaron canciones rápidamente: 

"Rusia es cuestión de un día 
para nuestra infantería; 
pero acabaremos antes 
gracias a los antitanques." 

Meses más tarde algunos "pesimistas" cambiaron la letra por otra, 
que intercalaba un "no" en el primer verso y decía después: 



pero palmaremos antes 
gracias a los grandes tanques." 



Veteranos de la guerra española remozaban los antiguos estribillos 
y los ex legionarios demostraban demasiado ostensiblemente aquello 
de que 

"A la Legión le gusta mucho el vino..." 

Entre las canciones me queda en la memoria una que siempre can- 
taba Fernández de Córdoba — oficial en la guerra española, soldado 
en la División Azul — con esta letra delirante 

"De la Artillería tenías que ser, 
de Caballería también puedes ser, 
pero nunca de los Antitanques, 
que son la caraba de la presumir." 

Hay que reconocer que nuestro paso por el cuartel del Infante Don 
Juan no fué precisamente el que pudiera prescribir un Manual del buen 
soldado. Dislocamos la vida normal de aquellos pabellones y patios, y 
a la estructura cotidiana de puestos de guardia y retenes le era difícil 
sobrenadar en aquella barahunda de divisionarios que entraban y sa- 
lían, algunos de ellos sin más encuadre en unidad concreta que la que 
ellos formaban consigo mismo. (Luego se metieron clandestinamente 
en el tren que nos llevó a .Francia). Fuera, festoneaban la cuesta que 
bordea la Moncloa madres, novias, hermanas, que apuraban las últi- 
mas horas de convivencia con los suyos y justificaban los cuentos de 
que nos servíamos para salir del cuartel fuese como fuese. 






RUSIA NO ES CUESTIÓN DE UN DÍA... 



"Yo me he alistado para pegar tiros en Rusia, no para hacer el 
quinto en Madrid." ¡Cualquiera convencía a los bisónos voluntarios 
que la mejor manera de aprender a pegar tiros era aquel "hacer el 
quinto"! 

NOS VAMOS A RUSIA 

Se terminaron ya las jornadas de impaciencia — ¿Cuándo salimos? — 
del cuartel del Infante Don Juan. Ya estamos en marcha hacia la gran 
empresa y en todos los rostros se refleja la satisfacción que esto nos 
causa. 

Entre nosotros se ven jerarquías de la administración y el gobier- 
no del Estado; las más de las veces con un simple uniforme de volun- 
tarios; soldados rasos de esta Cruzada que nos ofrecen su ejemplo en 
el servicio. En la Compañía en que vamos encuadrados — Divisionaria 
de Antitanques — vienen dos Palmas de Plata de la Falange. Y algunos 
más con distintivos de recompensas que un día impusiera el mismo José 
Antonio. También dos Medallas Militares individuales; el sargento 
Maximino Pérez, que en la cota 1.597, en el frente de Teruel, se man- 
tuvo con su carro dentro de las líneas enemigas durante más de una 
hora, colaborando eficaz y heroicamente en el logro de un objetivo, y 
el cabo Fernández Briones, <$ue durante los ataques rojos a Sierra Tra- 
pera, en enero del 39, recuperó él solo una posición, enarbolando una 
bandera y haciendo huir a los rojos con bombas de mano. La mayor 
parte de los componentes de la Compañía — que manda uno de los más 
prestigiosos oficiales que lucharon en nuestra guerra — son ex com- 
batientes y camisas viejas. Un oficial se dirige a su sección: ¡Muchachos, 
entre nosotros hay dos Medallas militares; para que no nos den envi- 
dia, vamos todos a por una!" En otras compañías no es raro encontrar 
caballeros laureados. Se comprende que el general Muñoz Grandes haya 
dicho que es un placer mandar tropas como las que integran esta Di- 
visión Azul. 

Ya está la Falange en su elemento: ahora volvemos a encontrar 
el verdadero acento de nuestro himno. ¡Qué diferente este Cara al sol, 
cantado sobre la marcha, camino de la trinchera, a aquellos otros de 
los actos civiles de protocolo! 

Ya está la Falange en su puesto anhelado; otra vez al viento sus 
canciones de guerra y de esperanza; otra vez manos femeninas pren- 
diendo de nuestras camisas azules medallas y escapularios; otra vez 
la emoción de la despedida en todas las estaciones. A todas horas del 
día y de la noche, aun en los pueblos más pequeños, la gente sale a 



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10 JUAN EUGENIO BLANCO 



decirnos su adiós emotivo. España está consciente de la transcenden- 
cia de nuestra misión. 

En seguida se improvisan canciones que aluden a la División o 
a las distintas Armas que la componen. La compenetración entre ofi- 
ciales, clases y voluntarios es absoluta. La más cordial camaradería 
dentro de la disciplina más exacta. 

Ya en la frontera, la inevitable nostalgia que produce el abando- 
donar la Patria se traduce también en canciones: 

"Adiós, adiós, España; 
España de mi querer, mi querer..." 

Pero no; a España no la dejamos. Se viene con nosotros, somos 
nosotros, la llevamos con nosotros. La llevamos en vilo, con todo el 
impulso de nuestra fe falangista, para enaltecerla, para cumplir la 
vieja y constante consigna de ¡Arriba España! 



DÍAS de GRAFENWÓRH 

Van llegando los camaradas de la División Española de Volun- 
tarios a este lugar de Alemania donde nos estamos concentrando. To- 
dos vienen encantados del recibimiento que les han hecho en los pue- 
blos del trayecto por el territorio alemán, y coinciden en afirmar que 
es Karlsruhe la ciudad donde más cariñosamente se les ha tratado. 

Nuevamente cunde entre los ex combatientes de la Cruzada espa- 
ñola la fiebre de las madrinas de guerra. Se han brindado gentilmente 
a ejercer este cometido infinidad de simpáticas muchachas ale- 
manas, con las que nos entendíamos valiéndonos de la mímica y unos 
manuales de conversación, que muchas veces nos sacan de apuros; los 
camaradas que saben alemán son unánimemente envidiados, y lamen- 
tamos el haber concedido tan poco interés a este idioma cuando es- 
tudiamos el Bachillerato. 

Refrena nuestra natural impaciencia de encontrarnos en el frente 
el convencimiento de que necesitamos instruirnos sobre los últimos ade- 
lantos en armamento experimentados en los campos de batalla de casi 
toda Europa; ponemos el alma en aprendernos todo lo más pronto po- 
sible. Y, aunque no son muchos los días que llevamos de instrucción; 
podemos decir con orgullo que la División Azul ya está perfectamente 
a punto para el combate. 

Nos llegan los periódicos de España, y nos abalanzamos a ellos 
para enterarnos de lo que sucede en nuestra Patria. Los que se refie- 



.' 



RUSIA NO ES CUESTIÓN DE UN DÍA... 11 



ren a los actos del 18 de julio y al formidable discurso del Caudillo 
pasan de mano en mano y son leídos con ansia. Observamos el in- 
terés con que en España se considera cuanto a nosotros se refiere y 
nos sentimos orgullosos de representarla más allá de sus fronteras. 

Es corriente el caso de varios hermanos que han venido volunta- 
rios en la lucha contra el comunismo; destaca entre ellos el de los her- 
manos Patino, los cuales son cinco, encuadrados en la División Azul. 

Hacemos vida castrense, de campamento. Es una manera de re- 
cuperar energías, físicas y morales; vemos muchachos a quienes había 
arrastrado la vorágine de la vida frivola de Madrid soportar alegre- 
mente las incomodidades de una instrucción militar intensiva, sin más 
preocupación que la de no desmerecer a los ojos de los intructores. Y 
a fe que éstos se maravillan de la rapidez y perfección con que nos 
hemos puesto al corriente de todo. 

Nos despierta a las seis nuestra clásica diana. Inmediatamente nos 
levantamos, y todo el mundo a la ducha. Desayuno, instrucción, des- 
canso y comida. Nuevo descanso, instrucción, cena y paseo. Al anoche- 
cer se reúne la compañía, y, después de pasar lista y darse lectura 
a la orden, estremecemos el aire con las notas de nuestro Cara al sol, 
tensos y firmes los brazos en alto. 

El buen humor reina en el campamento de una manera franca. El 
día transcurre entre inofensivas bromas y jovialidades de los camara- 
das voluntarios. 

Y, ante todo y sobre todo, tenemos el pensamiento en España y su 
destino. Para contribuir a realizarlo la División Azul espera con emo- 
ción una orden de su general Muñoz Grandes. 



GRAFENWÓRH 

La segunda compañía divisionaria de Antitanques llegó a Grafen- 
worh exactamente el día de Santiago de 1941. Nos causó una impre- 
sión enorme el ver una "ciudad de los soldados" en la que los cuar- 
teles, diseminados entre inmensas arboledas, parecían casas de mu- 
ñecas, construcciones de papel y tacos de madera de los juegos de ni- 
ños. Casi nos parecía una "Jauja militar" con sus cines gratis fun- 
cionando constantemente — ¿quién no sabía la música de Marika Kok 
en "Gasparone" — , con sus cantinas — ¡aquéllas gentiles cantineras! — 
prodigando jarras de cerveza a cambio de unos miserables pfenings, con 
sus varietés — también gratis, naturalmente— de sesión continua, donde 
disculpábamos los chistes alemanes, que ninguno entendíamos, absor- 
tos en la grácil silueta de las anónimas vedettes militarizadas. 

Era bonita Grafenworh, con sus calles amplias y limpias, afortuna- 



12 JUAN EUGENIO BLANCO 



damente abiertas al tráfico civil, por las que de vez en cuando cruzaba 
rápidamente alguna monja en bicicleta, que nos dejaba un tanto asom- 
brados (entonces no habíamos visto todavía a Ingrid Bergman bo- 
xeando con hábito impecable ni a Bing Crosby cantando slow con so- 
tana). 

Empezamos a "pringar" desde el mismo día que llegamos. Nues- 
tra compañía quedó alojada en tres o cuatro bloks: estaba casi toda 
compuesta por falangistas de la Vieja Guardia madrileña; entre ellos, 
cabo el que más, Alfredo Jiménez Millas, Agustín Aznar, Armando Mu- 
ñoz Calero, Enrique Sotomayor, Alvaro de Laiglesia, Dionisio Ridrue- 
jo y una buena parte de la centuria de balillas que al fin hubo que traer 
porque no había manera de sacudirnos en la Ciudad Universitaria a 
los jóvenes camaradas que harían su bautismo de fuego antes de que 
la tan ansiada barba hombrease su rostro; ellos fueron los que empe- 
zaron a romper la uniformidad de la vestimenta poniendo en la gue- 
rrera, sobre el bolsillo derecho, la calavera que llevan en España las 
tropas antitanques. 

El día en que nos entregaron el equipo nos costó algún esfuerzo 
averiguar el objeto de ciertos utensilios; la mantequera era tan bo- 
nita que daba pena mancharla de grasa y la bolsa para meter una 
especie de capuchón antigás parecía especialmente adecuada para archi- 
vo de correspondencia. 

Para la mayoría de nosotros el único contacto con los antitanques 
había sido llevar varios hasta El Pardo, en nuestras prácticas de Ma- 
drid. Por eso nos pusimos muy contentos cuando, a los pocos días 
de estar en GrafenWórh, llegó aquel en que nos iban a entregar las 
piezas. Por el camino habíamos contemplado el magnífico despliegue 
del ejército alemán y se nos iban los ojos tras las orugas rápidas y los 
coches de seis, ruedas que remolcaban los antitanques y llevaban la 
munición. Pero se nos cayó el alma a los pies cuando, dispuestas las 
dQtaciones delante de su pieza, se llevó cada una su cañoncito arras- 
trándolo por el más primitivo procedimiento de tracción; en fin, como, 
de todos modos, lo que se trataba de demostrar eran las ganas que te- 
níamos de pegar tiros cuanto antes, emprendimos un alegre trote arras- 
trando los antitanques con las correas cruzadas al pecho y haciendo 
de esta forma las evoluciones que quisieron nuestros oficiales y los 
monitores alemanes. El "sistema" continuó durante todo el período de 
instrucción, hasta que un día cruzó por el campamento la buena nueva 
de que nos iban a dar coches. Y ahora sí que nos quedamos perfec- 
tamente satisfechos, pues los coches no eran de rígidas líneas milita- 
res, sino magníficos automóviles nuevecitos, muchos de ellos con radio 
y calefacción, recién requisados en la dulce Francia. Aquellos "haigas" 
— valga el anacronismo — habían sido llamados a filas y detrás se les 



-» 1 I 



RUSIA NO ES CUESTIÓN DE UN DÍA... 13 

había acoplado inexorablemente un soporte para tirar de las piezas 
y los depósitos de munición. Esto era otra cosa! (Bien ajenos está- 
bamos de lo caro que habíamos de pagar aquel lujo; cuatro meses 
después hubiéramos dado cualquier cosa por una oruga, único medio 
— la tracción animal aparte — de arrastrar los cañones en la nieve y el 
fango.) 

A mi pieza le tocó un Hudson Terraplane, modelo 1941, que re- 
mordía la conciencia ponerle detrás el antitanque. En su honor, adap- 
tada a la música del tango Cuesta abajo, compusimos una letra en 
la que el pobre coche empezaba lamentándose: 

"A mí me revienta el frente, 
me carga toda esta gente 
de uniforme militar, 
quiero tíos con chistera, 
tanguistas en la trasera, 
millonarios, borrachera, 
juerga, risas, bacanal..." 

Después de seis o siete días de práctica el antitanque no tenía se- 
cretos para nosotros; con gran estupefacción de los alemanes, poníamos 
la pieza a punto en .menos» tiempo que los instructores; siempre recor- 
daré la cara de asombro de aquellos camaradas que nos enseñaron el 
manejo de los 3,7 cuando miraban detenidamente si habíamos dejado 
algo mal para descalificarnos, ya que en principio no creían en nuestros 
tiempos de record. Firmes los seguros, la lona en su percha, el visor 
desplegado, cada cosa en su sitio... Sehr gut, musitaban mirándose 
unos a otros sin reaccionar. Y cualquiera que hubiera visto aquello se 
habría quedado asombrado igualmente; los alemanes, ejecutando los 
movimientos con una precisión intachable, atendiendo unas voces exac- 
tas y rápidas; nosotros, organizando un follón espantoso de confusión 
y gritos, enredados sin discriminación de funciones durante los ocho o 
nueve segundos que duraba el ensayo. Parecía imposible que quedase 
todo bien..., pero quedaba todo bien. 

El máximo asombro se produjo el día en que hicimos nuestro bautis- 
mo de fuego tirando, si no a tanques de verdad, sí con balas de verdad; 
los blancos eran unos tanques de cartón que avanzaban hacia nosotros a 
unos 800 metros; a los primeros disparos nos cargamos todos los blan- 
cos y también el carril sobre el que se deslizaban. 

En el campamento militar de Grafenworh juramos la bandera, antes 
de salir para el frente, con un juramento que ya habíamos hecho ante- 
riormente todos; el de luchar contra el comunismo; la ceremonia, desde 
el punto de vista espectacular, no fué ninguna maravilla por parte de 



14 JUAN EUGENIO BLANCO 



nosotras, no acostumbrados a desfilar de dieciséis en fondo por la ex- 
planada. Pasado el momento emocionante de ,1a jura, tomamos un poco 
a broma el desfile que se hizo a continuación ante nuestro general y 
varios altos jefes alemanes, que sonreían comprensivamente al advertir 
nuestros esfuerzos ¡por no perder la línea, que tenía gran tendencia a la 
ondulación; casi en peligro de dispersión optamos por el heroico recur- 
so de icogernos con disimulo de -la mano — íbamos sin armas — y al fin 
pudimos terminar aquello decorosamente. 



Grafenworh ha debido resistir bastante bien el paso de la guerra, 
porque es hoy cuartel general avanzado de las tropas americanas de 
ocupación en Europa. En los mismos cuarteles, con la misión que nos- 
otros hace diez años, hombres de Arkansas, y de California, de Nueva 
York y de Arizona, de todos los Estados Unidos, velan las armas ante 
las hordas de Stalin. También ellos, ai atardecer, entablerán una lucha 
sin cuartel, pero sin sangre, para ganar la sonrisa y la atención de las 
muchachas alemanas, que quiero suponer tan encantadoras como enton- 
ces: mejillas sonrosadas, rubias trenzas, mirada traviesa, fino talle. 
Cuando las botas de los soldados americanos resuenen sobre las vene- 
rables maderas del puente que separa la ciudad del campamento, más 
de una "fráulein" de entomces, hoy quizá madura "frau" en sazón, re- 
cordará con nostalgia la alegría y el estilo que imprimieron durante 
meses, a aquel lugar de Europa, los voluntarios españoles de la Bilau 
División. 

LA MARCHA HACIA RUSIA 

A mí me da vergüenza hablar de "las marchas" (así, en plural, por- 
que los divisionarios las recuerdan nítidas e indepedientes, con su 
cortejo de cansancio y de incomodidades), porque yo no las hice; no 
las hice, pero las vi, y por eso, aunque me sonroje, puedo hablar de 
ellas. Sírvame de disculpa, ante los camaradas que pecharon con los 
centenares de kilómetros en el coche de San Fernando, el hecho de que 
yo no inventé los antitanques ni los vehículos destinados a transportar- 
los, y, sobre todo, el mal rato que pasé en más de tres ocasiones cuando, 
por cualquier embotellamiento o avería en la autopista Moscú-Minsk, 
tuve que soportar la mirada mixta de desprecio y envidia que dirigían 
al confortable interior del Hudson que arrastraba mi pieza y llevaba a 
sus servidores— un servidor entre ellos — cuantos miembros de la fiel 
Infantería pasaban a nuestro lado cargados con su monstruosa impedí- 



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RUSIA NO ES CUESTIÓN DE UN DÍA... 15 



menta, desaliñados, sudorosos y barbudos. Por más sinceridad o tea- 
tro que le echásemos a la mirada con que correspondíamos, mezcla de 
admiración, comprensión y lástima, no enternecíamos a los aspeados 
infantes; reconociéndonos "culpables" hacíamos como si no escuchá- 
semos sus frases irónicas — no muy ímm — dejándonos resbalar por el 
asiento hasta perderlos de vista. Claro que nuestra "diplomacia" no tuvo 
éxito en alguna ocasión y los decisivos tortazos sonaron de cuando en 
cuando por aquellas carreteras. De nada valía que proclamásemos que 
nosotros "éramos también Infantería". Allí no había más Infantería que 
la que llevaba ampollas en los pies. No se reconoció nuestra categoría 
de "privilegiados" infantes hasta que, ya en el frente, los mismos in- 
dignados camaradas de las marchas venían voluntariamente a ayudarnos 
a llevar el cañón de un lado a otro cuando para moverlo, enterrados 
nosotros y él en la nieve, se necesitaban fuerzas de 'titán. 

Las marchas fueron racionalmente inexplicables, y sólo un ejército 
de españoles, de fecunda tradición en su maridaje con lo insólito, pudo 
aceptarlas fatalmente, como un suceso" normal, y prepararse un día en 
Suwalki (Polonia) para dar un paseíto hasta Witebsk, pasando por 
Grodno, Wilna y Smolensko. Total, nada; es lo que decían los prota- 
gonistas cuando ya se acercaban al frente, en una canción cuyo último 
verso amaño para hacerla publicable: 

"Tenemos que recorrer 
mil kilómetros andando, 
para luego demostrar 
lo que llevamos pensando." 

Sucedía esto en los meses de julio y agosto, que también en el este 
de Europa son de verano, y cuando formábamos parte del ejército más 
motorizado del mundo. Supongo que la explicación no será ningún ar- 
cano ni para el general que nos mandaba ni para gran número de divi- 
sionarios. Yo, desde luego, no la sé, y adopto la versión generalmente 
aceptada por todos los camaradas, versión que contribuía no poco a 
galvanizar su esfuerzo; los alemanes no tenían ningún interés en que 
la División! entrase en fuego y pretendían que su presencia ante el ejér- 
cito comunista fuese "simbólica". Nuestro general, interpretando per- 
fectamente el espíritu que nos animaba, y viendo que en corteses con- 
versaciones "logísticas" los medios de transporte no aparecían nunca, 
decidió, sencillamente, que nos fuéramos a pie, con lo que la voluntad 
"antisimbólica" no podía resultar más patente. 

Sobre el "simbolismo", no de la División, sino de la compañía (se- 
gunda divisionaria de Antitanques), siempre recuerdo el despiste de 
Viguri, un camarada madrileño que se pasó durante todo el camino di- 



16 JUAN EUGENIO BLANCO 



tiendo que nosotros, a causa de la gran cantidad de personalidades y 
jerarquías que iban en aquélla, no "daríamos el callo" nunca. "¿Pero 
tú crees — decía completamente convencido — que los alemanes van a 
permitir que Fulano, Mengano, etc., estén en las trincheras como cual- 
quier soldado?" Todavía, camino de Possad, sonreía con suficiencia 
pensando en un simulacro. Al poco tiempo la compañía en cuadro, cer- 
cados, con los rusos atacando en oleadas, un día sí y otro también, el 
pobre Viguri tenía que aguantar, en medio de aquellos fregados que se 
organizaban a cada momento, el choteo de todos nosotros, "Pues sí, 
hombre; tenías razón. Somos una compañía simbólica." 

Volviendo a las marchas. Como los de Antitanques recorríamos en 
tres horas lo que .los demás en tres días, íbamos delante, esperando a 
que nos alcanzasen en cada etapa, con lo cual nuestra marcha no podía 
ser ni más cómoda ni más interesante, porque encontrábamos los pue- 
blos "vírgenes", es decir, sin ninguna tropa dé ocupación, y siendo los 
primeros españoles que aparecían por allí, con gran asombro de polacos, 
lituanos o rusos. La "confraterhización" era cuestión de segundos, y 
en los tres o cuatro días que, como máximo, parábamos en algún si- 
tio nos hacíamos amigos "de toda la vida" de varias personas. Más de 
uno afirmaba que se había enamorado "de verdad". De verdad o de 
mentira, lo cierto es que no se perdía el tiempo y que, sin excepción 
alguna, a los españoles, en todos los terrenos que pisábamos, se nos 
trató con simpatía y cariño, en virtud de ese extraño fenómeno — que 
creo merece ser estudiado rigurosamente — que nos hace ser una especie 
de "comodín universal", que se encuentra en casa en cualquier lugar 
del mundo. 



PIEDZANKA 

Piedzanka es, al noroeste de Grodno, uno de los últimos pueblos de 
la antigua — bueno, "antigua", de 1918 — frontera polacorrusa. 

los Antitanques, hasta llegar al frente, éramos los señoritos de la 
División: mientras los de Infantería demostraban su temple de soldados, 
descendientes de aquellos gigantes que hacían marchas en América del 
Atlántico al Pacífico, o en Europa desde el Tirreno al Báltico, haciendo 
etapas, con toda la impedimenta, de 50 a 60 kilómetros diarios, nos- 
otros, cómodamente instalados en nuestros veloces turismos, les ade- 
lantábamos el paso, yendo en automóvil cuatro o cinco horas, para 
esperarlos dos o tres días. 

Los alemanes no sabían qué hacer con los magníficos coches de 
lujo incautados a la gran industria automovilista francesa, y no se les 
ocurrió otra cosa mejor que equipar nuestro grupo divisionario de Ar>- 



RUSIA NO ES CUESTIÓN DE UN DÍA... 17 

titanques a base de ellos. Con un dispositivo detrás para uncir el cañón 
o el depósito de municiones, los vehículos construidos pensando en el 
paseo de los Ingleses y en los casinos de la Costa Azul, iban a ser fácil 
presa de la nieve rusa y quedarían enterrados en ella, como un símbolo 
de la imposibilidad del "confort" en las tierras soviéticas. El frente no 
llegaron a conocerlo; quizá algún tiro aislado o alguna bomba de sa- 
botaje. Pero de aquellos excelentes Peugeot, Hudson Terraplane, Re- 
nault 1942, y tantos otros magníficos modelos, ninguno llegó a pri- 
mera línea. 

El antitanque, siguiendo el coche a regañadientes, resultaba un adi- 
tamento extraño; nosotros, perfectamente aseados e impecablemente 
vestidos, con. el equipaje bien colocado y repantingados en los amplios 
asientos, no parecíamos soldados españoles; y digo que no parecemos 
soldados españoles, porque los que sí resultaban la viva estampa de 
ellos eran los de Infantería, con quienes tantas veces nos cruzábamos 
por aquellas carreteras. Con todos los' pertrechos encima, curtidos del 
viento más que del sol y con varios centenares de kilómetros recorridos 
a pie, sin afeitar o mal afeitados, hacían con nosotros un contraste del 
que no salíamos bien parados. Más de una cosa tuvimos que escuchar, 
que aguantábamos sin ninguna reacción, comprendiendo el estado de 
cuerpo más que de ánimo del que nos la decía. 

Nosotros teníamos la conciencia bien tranquila. En España, antes 
de salir, preguntamos por las unidades de mayor peligro, y nos encua- 
dramos en tanques. Pero, no sé por qué dificultades, la División no iba 
a tener carros de combate propios, y lo que seguía en el orden del 
riesgo eran los antitanques; y allí nos fuimos. 

Además, en el "pecado" llevamos la penitencia, porque bien caro 
pagamos las condiciones del viaje hacia el frente, con lo que en éste 
tuvimos que hacer; sustituir con los precarios caballos de nuestros 
músculos los HP. de los caballos, oxidados para siempre en las cúnelas 
de las ¡carreteras rusas. ¡Con qué envidia veíamos después los rígidos 
remolques que los Panzerjáger alemanes llevaban y que arrastraban 
los cañones por cualquier terreno! 

Pues a Piedzanka llegamos, como a todos los pueblos, primero que 
nadie. La gente, perpleja cuando se enteraba de que éramos españoles, 
simpatizaba pronto con nosotros; el denominador común del anticomu- 
nismo y la común religión católica eran los factores que salvaban cual- 
quier prejuicio. La gente odiaba a los alemanes tanto como a los rusos, 
y captaba perfectamente la diferencia de nuestro propósito con el de 
los dos bandos en lucha; se nos entregaba sin reservas, y .lográbamos 
cordial amistad en las cortas paradas. Yo todavía tengo confianza en 
que cualquier año salga de entre nosotros un Jacques Feyder que logre 



i 



JUAN EUGENIO BLANCO 



otra magnífica "Kermesse heroica" con el argumento de aquellas an- 
danzas. , . 
El caso es que Piedzanka era un pueblecito tan esquilmado por los 

rusos y alemanes que apenas había algo para llevarse a la boca. Los 
primeros días nuestro comandante autorizó un cartel que, con el nom- 
bre de "Mercado", en español y en polaco, invitaba a los habitanttes 
del pueblo a la más primitiva operación comercial: el trueque. Huevos 
y gallinas era lo más codiciado por los divisionarios; azúcar, sacarina, 
caté y tabaco, lo que más apetecía entonces a los polacos. En muy poco 
tiempo las dos partes habían invertido la totalidad de sus divisas. 

O el racionamiento era pequeño o nuestro apetito era muy grande; 
el caso es que la gente hacía frecuentes descubiertas a las casas próxi- 
mas para encontrar comida, y había quien venía hablando de fabulosos 
"Eldorados" gastronómicos y quien, por el contrario, regresaba famé- 
lico y ocultando su fracaso con alguna cantimplora de leche. 

Teníamos siempre interés especial en parecemos a todo menos a 
un ejército de ocupación. Siguiendo esa consigna, no forzábamos en lo 
más mínimo a la población civil y conseguíamos las cosas — o dejába- 
mos de conseguirlas— amistosamente. Cuando por un incontrolado se 
hacía alguna coacción de cualquier tipo su actitud era reprobada por 

todos. 

Los campesinos polacos— .me figuro que, en análogas circunstan- 
cias "de emergencia", igual que los campesinos españoles, egipcios o 
japoneses— ocultaban los productos de la cosecha con una perfección 
que haría inútiles los esfuerzos del más experto "detective". Y enton- 
ces se planteaban las «polémicas de si nos íbamos a quedar indefensos 
ante su astucia, o, por el contrario, debíamos presionar sobre aquellas 
gentes, aunque no fuese más que de un modo simulado. (Recuerdo que 
en Udarnik, ya en el frente ruso, estuvimos varios días pasando autén- 
tica hambre, sin encontrar alimento por ninguna parte, y la corta visita 
de un destacamento de Intendencia alemán, a raíz de una "entrevista" 
de pocos minutos con el staretz del pueblo, hizo aflorar millares de kilos 
de patatas que existían en depósitos subterráneos.) 

Pero a lo que iba. Un día Valero y yo, sin hacer caso de "prejui- 
cios sentimentales", en vista de que el hambre aumentaba, y estimu- 
lados por legendarias historias que escuchábamos, decidimos dar eí 
golpe. En silencio nos pusimos el uniforme completo de la Wehrmacht 
y, fusil al homibro, nos fuimos alejando por un camino cualquiera. 

Al poco rato llegamos a una casa, al parecer no muy explorada, y 
de cuya proximidad partían ruidos que denotaban la segura presencia 
de lo que para nuestro deseo no podía ser más que una vaca. En lugar 
de ensayar la prevista entrada en tromba llamamos un tanto enérgica- 
mente con los nudillos. (Lo cortés — pensamos — no quita lo valiente.) 



RUSIA NO ES CUESTIÓN DE UN DÍA... 19 



Nos abrió inmediatamente un polaco típico, ya entrado en años, de 
aspecto irremediablemente patriarcal, barba blanca, blusa hasta las 
rodillas, ancho cinturón, bota alta. Haciendo reverencias y sin darnos 
la espalda, nos invitó a pasar. Estábamos en una habitación rectangu- 
lar; amueblada pobremente, aunque con detalles en cuadros, visillos 
y fotos, que hacían pensar en pasados tiempos mejores. Desde un 
cuarto, separado por una cortina, se oía, de vez en cuando, una tos 
seca, cascada. 

Valero y yo, sin más trámite, aunque con más suavidad de lo que 
tan premeditadamente habíamos proyectado, planteamos nuestra exi- 
gencia, que en una combinación de varios idiomas quería decir algo 
no muy difícil de expresar. 

— Tenemos hambre; queremos comida. 
El polaco nos hablaba — en alemán, en francés, en polaco — -, y nos- 
otros le entendíamos. Había sido una familia dichosa, con tierras y 
criados; el hijo, oficial de la aviación polaca, muerto en campaña; los 
rusos, y luego los alemanes, se habían llevado cuanto de valor tenían 
y todo el ganado, dejándoles una vaca; su mujer, enferma del pecho, 
se alimentaba de leche y alguna otra cosa que la caridad de los veci- 
nos llevaba. El se sentía honrado con nuestra visita; decía que España 
era una simpática nación. No tenía nada que ofrecernos; pero, de to- 
das formas, deseaba que nos sentásemos. 

Valero y yo no hablábamos nada. No hacíamos más que escuchar 
la salmodia de nuestro anfitrión y mirarnos, de vez en cuando, con ex- 
presión un tanto estúpida. 

Salió un¡ momento y volvió con un jarro de leche. De los restos de 
un aparador cogió — restos de una vajilla — dos tazas de buena porce- 
lana. Trajo también un mantel, muy roto y muy blanco, que puso so- 
bre la mesa. 

No tenía nada que darnos; pero — decía — no quería dejarnos mar- 
char sin obsequiarnos. Seguramente, por deferencia especial, sacó 
de no sé dónde un trozo de pan negro, hecho de Dios sabe qué harina. 

Sin cambiar palabra entre nosotros, ya que sólo dirigimos breves 
frases al polaco para darle a' entender que entendíamos, Valero y yo 
nos pusimos de acuerdo. El pan no lo tocamos. De la leche echamos un 
poco de una taza al vaso que tapaba mi cantimplora, y bebimos varios 
sorbos para demostrar al anfitrión que su invitación quedaba acepta- 
da. Y después, primero en una forma embarazada y luego en atrope- 
llado suministro, fuimos poniendo encima de la mesa sacarina, cara- 
melos, tabaco, margarina; le dejamos también varias docenas de mar- 
cos de ocupación. 



Hkf , 



20 JUAN EUGENIO BLANCO 



Apenas hablamos más. Polonia y España, la guerra, el comunismo, 
Rusia... 

Cuando nos fuimos, el polaco, mientras nos bendecía, lloraba. 



NOWAJA-MJELNITZA 

Nowaja-Mjelnitza es un poblado ruso a poca distancia del limen y 
a orillas de un pequeño río que muere en el Wolchow. A buen seguro 
que Nueva Miniza (así habíamos españolizado su nombre) existía an- 
tes que la carretera Schimsk-Nowgorod, que limitaba uno de sus car- 
dinales. 

En Nueva Miniza acampó nuestra compañía — la segunda divisiona- 
ria de Antitanques — unos días antes de ir a Possad, y allí, por prime- 
ra vez, en forma abrumadora, se nos echó la nieve encima. 

Nos alojábamos distribuidos entre las casas del poblado, y a mi 
pieza le tocó una que no estaba del todo mal. Lo ocupaba solamente un 
viejo matrimonio ruso que no nos molestaba, y a quien molestábamos 
lo menos posible. 

Mi pieza era bastante heterogénea. La componíamos entonces el 
cabo Arza, fuerte muchacho de Baracaldo, mecánico de la casa Baleo 
Bilco, según decía él, en radical onomatopeya, refiriéndose a la Bab- 
cock & Wilcox. Valero, estudiante de Ciencias Químicas; Ferrer y 
Castro, de la Centuria de balillas y recién terminado el examen de es- 
tado; Ármela, chófer y gran caradura, y yo. Nuestro sargento era Juan 
de Patino y López de Ayala, y — también él lo decía — de los Grandes 
Expresos Europeos. Patino, sangre azul, había sido legionario en nues- 
tra guerra y tenía otros cuatro hermanos en la División. 

El cabo Arza venía atormentándome desde el cuartel del Infante 
Don Juan. Decía que, en cuanto encontrásemos al enemigo, no íbamos 
a quedar en el antitanque más que el sargento, él y yo, únicos que sa- 
bíamos qué era eso de la guerra y llevábamos la mentalidad apropia- 
da para el caso. Verdaderamente, ni el aspecto ni las actitudes de nues- 
tros camaradas de pieza eran precisamente las que el cabo Arza con- 
sideraba adecuadas para una campaña. Se quejaba, fundamentalmente, 
de que eran muy jóvenes, "señoritos" por añadidura; no hablaban más 
que de cine, bailes y bobadas; su mayor orgullo consistía en que Ce- 
lia Gámez era su madrina de guerra, y llevaban su osadía a lo que ya 
el cabo Arza le parecía una auténtica profanación; a bautizar el anti- 
tanque con el nombre de "Yola". En el absurdo reglamento que 
hicieron — a mí también me liaron, y, al final, hasta el cabo transigió — 
s^ estipulaba que, para pertenecer a la pieza "Yola", era condición in- 



RUSIA NO ES CUESTIÓN DE UN DÍA... 21 

dispensable el saberse por completo la letra y la música de la revista 
con que allá en Madrid seguía la Gámez llenando el Eslava. 

Aquel reglamento sirvió para que, en los días más duros de la can*- 
paña, los de "Yola" se hiciesen populares — y a veces insoportables — 
con su continuo canturreo. La pieza se redimió bien pronto de la frivo- 
lidad de su nombre; llegamos a quererla como si fuese un camarada 
más, pues nunca falló, y, a veces, resultó providencial su actuación in- 
cansable. El cabo, cuando ya llevábamos varios días de jaleo, hizo pú- 
blica retractación de sus temores al ver cómo Ármela, Castro, Ferrer y 
Valero "daban el callo" como cualquiera de nosotros.' 

En Nueva Miniza pasaban los días sin darnos cuenta. Estábamos 
a retaguardia y teníamos que hacer pocos puestos, salvo una guardia en 
el barracón donde estaban Jos coches y los antitanques. Sin embargo, 
no dejábamos de oír el frecuente cañoneo, especialmente sobre la ca- 
rretera de entrada a Nowgorod. El servicio más enojoso, además de la 
guardia, era ir por el rancho a través de un icamino que, abierto en Ja 
nieve, llegaba hasta Ja cocina. Sorteábamos, y el que le tocaba tenía 
derecho, más o menos reconocido, de ir trasladando a su marmita las 
mejores tajadas. 

Nos pasábamos la vida encerrados en las cuatro paredes de la 
casa, la estufa siempre encendida y la temperatura tan en contraste 
con la de afuera que casi siempre estábamos en mangas de camisa. 
Transcurrían las horas tostando pan en el horno, escribiendo diarios, 
limpiando las armas, jugando a las cartas, inventando comidas, ha- 
blando, pensando, leyendo. Un día de suministro extraordinario de 
vodka cogió Ármela una cogorza tan fenomenal que salió casi desnu- 
do hasta el río, y, con una sierra en medio de la pasarela que habíamos 
improvisado, comenzó a cortarla; en su febril "heroísmo" — se indignó 
con nosotros cuando le sacamos de allí, ya que, por lo visto, lo que 
hacía era impedir el paso' de los rojos — no se daba cuenta de que cae- 
ría al agua helada en cuanto terminase su obra. 

A Valero le explotó el cierre del fusil mientras lo Jimpiaba, y un 
trozo de algo se le incrustó bastante hondo entre dos costillas. Se fué 
al hospital. Los cuatro que quedábamos de Madrid, una noche, cuan- 
do ya era inminente nuestra marcha a Possad, prometimos, mano sobre 
mano, ir a pie al Pilar de Zaragoza, en acción de gracias, si salíamos 
bien de aquello. 

De las cuatro manos que, una sobre otra, sellaron en Nueva Miniza 
el compromiso, sólo las del que esto escribe quedaron ilesas. A Arme- 
la, en Otensky, un tiro de fusil le atravesó las dos; a Ferrer, en Udar- 
nik, hubo que cortarle los dedos de las suyas, heladas, porque no pu- 
dimos sacarle hasta pasadas unas horas del sitio donde los rusos le ha- 
bían tirado con dos balazos. Y Castro, voluntario de un peligroso gol- 



22 JUAN EUGENIO BLANCO 



pe de mano a una de las isletas en poder de los rusos, en la cabeza de 
puente de Nowgorod, perdió entero el brazo derecho, que le quedó 
colgando de unos pingajos de carne, alcanzado directamente por una 
granada. De todas formas, aunque nos fué llegando a todos Ja china, 
consideramos nuestra escuadra como privilegiada de la fortuna. "Yola" 
es la única pieza de la segunda de Antitanques que conserva vivos 
todos los componentes de su primera dotación. 



SITNO 

En honor a la verdad hay que reconocer que en Sitno la segunda de 
Antitanques no hizo nada más que luchar con el miedo. Ocupada en 
los primeros días de noviembre por la Infantería, la cabeza de puente 
de Sitno fué la primera operación* seria en que la División intervino. To- 
davía el Wolchow era de agua corriente; en cambio, cuando nosotros 
fuimos a Sitno, que estaba asomado a la orilla derecha del río, lo hi- 
cimos pisando sobre el hielo que lo cubría. Al lado de la primitiva pa- 
sarela estuvo todo el invierno la trágica escultura de un caballo que 
sólo sobresalía en medio cuerpo de la capa de hielo; había caído cuan- 
do aún no estaba el río completamente helado y tenía una angustiosa 
expresión de impotencia. 

Seguramente en alguna parte de las ordenanzas de Carlos III, o 
quizá en los clásicos tratados militares, está escrito que los soldados 
no han de permanecer nunca inactivos, temiendo que con ello se agos- 
te su espíritu bélico o incluso su capacidad física de soporte de inco- 
modidades. Porque la opinión general era que se nos debiera dejar 
tranquilos, ya que el enemigo no se hacía ostensible y, sin embargo, 
nuestros oficiales nos dedicaban continuamente al bonito deporte de 
cavar trincheras, construir refugios, cortar leña, acondicionar casas 
deshabitadas y más cosas por el estilo. Para nuestra desgracia, cuan- 
do tuvimos terminados todos estos encarguitos, que, probablemente, 
de sobrevenir la guerra, nos la harían más llevadera, tuvimos que mar- 
charnos hacia Possad, y aquí sí que hubiéramos dado años de nues- 
tra vida por tener alguno de los refugios y chabolas que en Sitno de- 
jamos. 

Otro de nuestros entretenimientos— éste ya un poco peligroso— era 
el establecer contacto, atravesando la tierra de nadie que nos separaba 
de las posiciones de los lados. A la derecha, a unos tres o cuatro ki- 
lómetros, estaban los del batallón de "La Bernarda", ocupando los 
poblados— Tigoda, Dubrodka, Nilitkino— que con su sangre habían 
ganado. A la izquierda, el reconocimiento tenía un aliciente especial, 



RUSIA NO ES CUESTIÓN DE UN DÍA... 23 



que era el ver a nuestros camaradas de la tercera sección que dispo- 
nían de un pueblo — Russa — para ellos solos. 

Enfrente, el bosque. El bosque de siempre, muy tupido, de pinos 
enanos que, con la nieve en sus ramas, ofrecían un aspecto de postal 
de Nochebuena. De tan bonito que parecía el paisaje daba una cierta 
sensación irreal, de decoración de ballet. De día podía uno recrearse 
tranquilamente en su contemplación, ya que sería muy expuesto para 
el enemigo aventurarse por el bosque hasta nuestra vista. De noche, 
cada pino era un enemigo en potencia, y los puestos de una hora se 
nos hacían eternos. 

El puesto que más nos reventaba a todos era el del puente. Estaba 
a unos doscientos metros de las últimas casas de la carretera a Russa, 
sobre un pequeño río cuya agua no pudimos ver animada. Los cambios 
de temperatura producían en el hielo una especie de chasquidos, que, 
combinados con el silencio y los ruidos del bosque, destemplaban los 
nervios de cualquiera. Aquéllo no era un frente movido, pero sí era 
un frente de emboscadas, y todos conocíamos los repetidos casos de 
centinelas desaparecidos o muertos, cogidos sin tiempo de reaccionar. 

Algunas guardias me tocaron en el puente dichoso con Alvarito de 
Laiglesia, que ya llevaba La Codorniz en la cabeza. Comentando los 
ruiditos que hacía la capa helada del río, le daba por decir que eran 
los cocodrilos que en él pululaban. Y nos reíamos imaginando la hi- 
potética escena de la presentación al sargento, después de nuestro ser- 
vicio, llevando atado a un cordel al más grande de los cocodrilos y co- 
municando firmes, con la seriedad ritual: "Sin novedad en la guar- 
dia, mi sargento; lo único, esto". Y señalar al saurio que, desde luego, 
suponíamos domesticado. 

Otros puestos ,me tocaban con Presmanes — pocos días después 
milagroso superviviente de nueve tiros a bocajarro, cogido por partí- 
sanen en el camino Schewelewo-Otenski — , que me tranquilizaba ga- 
rantizándome su casi absoluta sordera. Y otros con Corniero, que me 
advertía lea-lmente que apenas veía. (Corniero se haría singularmente 
célebre porque durante los más duros bombardeos de aviación, mien- 
tras todo el mundo buscaba una rendija subterránea en qué incrustar- 
se, el recorría impertérrito los pisos deshabitados, haciendo buen aco- 
pio de tabaco, mantequilla, embutidos y demás chucherías. A ninguno 
se nos ocurría tachar de ilegal una forma de adquisición tan arries- 
gada.) 

Por la carretera y el bosque habían quedado, diseminados, algunos 
cadáveres de soldados rojos, caídos en los combates que hubo en los 
primeros días de noviembre, al atravesar el río y establecer la cabeza 
de puente. El frío, siempre bastantes grados bajo cero, imipedía la des- 
composición, y no despedían hedor alguno. Quedaban como esculturas, 



' 



24 JUAN EUGENIO BLANCO 



en la misma posición en que la muerte les había llegado, y servían de 
macabro punto de referencia. No eran extrañas instrucciones de este 
tipo: "Seguís la carretera hasta más allá de donde están en la cuneta 
tres rusos, uno de ellos con el fusil cogido todavía. Tiráis por el ca- 
mino que termina en una casa que tiene dos muertos dentro, y desde 
allí podéis ver a la derecha un gran edificio donde están los nuestros 
metidos en ef sótano". 

Sitno era un pueblo muy pequeño, sin apenas edificación que no fue- 
ra de madera. No recuerdo iglesia alguna. En el suave desnivel que 
había entre las casas y el río estaba el cementerio de los voluntarios 
españoles muertos en la lucha contra el comunismo en aquel sector; 
estaba bien cuidado, como consecuencia de la misma tranquilidad que 
allí existió pasados los primeros combates. 

Después de la retirada, ya con todas las fuerzas al lado de acá del 
río, me llegó la postrera noticia a la que el nombre de Sitno quedaría 
fijado en mi memoria. Fué al escuchar la conversación de unos zapado- 
res, que traían en un camión — quizá el último que pasó el río — las cru- 
ces que sobre cada tumba, y con el nombre del camarada muerto, sig- 
naban cristianamente la consumación de un acto de servicio. Cuando 
los rojos ocupasen las cenizas de Sitno — que dejamos hecho una 
pura llama — tendrían un motivo menos para su acostumbrado y salva- 
je escarnio. 

POSSAD 

• 

El relevo de Possad era, sencillamente, un pasaporte a ,1a muerte; 
por eso, la salvaje alegría en los que se iban era abortada por el fra- 
ternal sentimiento de angustia por los que se quedaban. En el gran re- 
troceso del 41-42, en todo el frente desde Leningrado a Nowgorod, 
sólo aquella posición guarnecida por españoles había permanecido in- 
expugnable. 

A primeros de diiciembre fué el último relevo. Dionisio era de los 
que se iban, y Jas décimas de su fiebre las observaría aquella noche al 
otro lado del Wolchow. Recuerdo que el relevo se hizo en medio de 
un vendaval de nieve; con un ulular del viento tan perfecto, con una 
nieve horizontal-mente arrastrada tan copiosa, que aquello parecía de 
película. Y de película de guerra era también el continuo machacar de 
la artillería, los morteros y las ametralladoras rusas — el fusil era ana- 
crónico en aquella avanzadilla — : todo el suelo era tierra fresca, nue- 
va, en una remoción constante. 

AI principio enterrábamos a los muertos; recordaré siempre el mon- 
tón de cadáveres, todos ellos S. E. U. de Madrid, apilados al lado 



\ 



RUSIA NO ES CUESTIÓN DE UN DÍA... 26 



del puesto de mando del comandante, que vimos los de la segunda de 
Antitanques cuando entramos en Possad; fueron los de la primera de- 
fensa, y se creyó entonces en la posibilidad de un cementerio; más tar- 
de enterrábamos a los camaradas en el mismo sitio donde caían; al 
final no se enterraba a nadie, embargados todos en la tarea inaplaza- 
ble de preparar la propia muerte. Quedaban los muertos como esta- 
tuas muchos de ellos sin la menor mácula; ni carroña, ni hedor, ni 
buitres. Algo bueno tenía que tener el* frío tan bajo cero. Possad era 
un siniestro -museo de figuras de cera en el que sólo desentonábamos 
los que, vivos todavía, sosteníamos aquella posición que era leyenda 
en todo el frente norte. 

Porque Jos rusos no pudieron entrar en Possad combatiendo. Ve- 
nían en manadas y atacaban valientes. Possad era un pequeño labe- 
rinto de trincheras y chabolas en el centro de un claro de bosque con 
dos kilómetros de diámetro. Y alrededor del pequeño baluarte iban 
dejando sus oleadas de muertos; varáis veces llegaron a infiltrarse, y 
entonces la lucha era más cuerpo a cuerpo todavía. Pero no vencieron 
nunca. 

Volviendo al relevo. Era el día 4 de diciembre. Un Ruiz Vernacci 
entraba y otro salía. El que entraba ya no saldría más. Ya me había 
sonado a mí como un augurio fatal el tañido del casco de los dos her- 
manos, al chocar, cuando en el simultáneo encuentro y despedida se 
abrazaban en la trinchera. El cuerpo de Quique quedó muy cerca del 
de Sotomayor, que conservaba en su rostro la misma expresión risue- 
ña con que hizo toda la campaña. 

Entre los que relevaban venía Agustín. Agustín era, para nosotros, 
el símbolo de la primera línea de la vieja Falange. Convergían en él 
nuestras miradas cuando preguntaba por el puesto más batido; y allí 
se fué con su corpachón y su ametralladora. 

Para nosotros no era fácil evacuar, pero salir de Possad, aunque 
fuera para entrar en el infierno, nos parecía un alivio. Cuando llevába- 
mos andando unos quinientos metros hacia Otensky, nos remordía la 
conciencia al mirar atrás; Possad era, en el claro del bosque, una ho- 
guera inmensa. 

Parece mentira que, al final, pudiésemos dejar aquello como lo de- 
jamos. El día 7 de diciembre ya daba igual estar en Otensky que en 
Possad. Pero Dios hizo el milagro, y, para confusión de Estados Ma- 
yores, la inverosímil evacuación se hizo aquella noche sin una sola 
baja. 

Únicamente varios de Infantería hubieron de sacrificarse, el simu- 
lar, momentos antes, un ataque repentino en dirección contraria a la 
trocha. Nacimos en tal ocasión unos doscientos hombres supervivien- 
tes de más de diez unidades divisionarias. La misión de polarización de 



' 



26 JUAN EUGENIO BLANCO 



fuerzas enemigas, que era el clavo de Possad punzando en la misma 
entraña del dispositivo soviético, había terminado. Y era tal la con- 
vicción que las seleccionadas fuerzas de choque comunistas debían te- 
ner sobre la imposibilidad de tomar Possad en amias, que todavía vein- 
ticuatro horas después de la evacuación continuaba sobre la desierta 
y silenciosa posición la lluvia de .metralla. 

Lluvia que ya no sentíamos, contemplada y oída desde los obser- 
vatorios de Witriza, de Schewelewo-, de Udarnik y de Toloschino, que, 
a los pocos días, eran puestos avanzados en la defensa de Nowgorod 
la Grande. 



DEL DIARIO DE POSSAD 

De Schewelewo — Cuartel general del regimiento — al Monasterio de 
Otenski hay 13 kilómetros por carretera forestal. A los lados de la ca- 
rretera, el bosque, muy tupido, que unas veces no es de nadie y otras 
es de los rojos. Y al noroeste de Otenski, cuatro kilómetros más allá, 
Possad. Possad, un claro en el bosque, avanzada de España infiltrada 
en el terreno ruso. Possad, sartén cuyo mango hay que disputar a bom- 
bazos con los rojos todos los días. 



En Possad los heridos no son graves ni leves, gravísimos ni menos 
graves. Los heridos se dividen en dos clases: los que pueden andar y 
los que no pueden andar. Los primeros se reúnen en grupos de 10 ó 15, 
y, provistos de bombas de mano, tienen que ganarse el camino al Mo- 
nasterio, la etapa más dura, Son sólo Cuatro kiklómetros... ¡Pero qué 
cuatro kilómteros! Se ven siempre por la carretera, en dirección al 
bosque, las huellas de los partisanen, cuerpo especial de francotiradores. 



Y los heridos que no pueden andar.. Hay que esperar a que se 
haga de noche para evacuarlos. A veces hay que dejar pasar más de 
una noche. Algunos no resisten tanto. Más cruces en el cementerio, al 
Jado del puesto de mando. 

— ¡Voluntarios para llevar los heridos hasta Otenski! 

Se organiza la expedición. Camillas, trineos, mantas... En el cami^ 
no, frecuentemente, el número de bajas aumenta. 






RUSIA NO ES CUESTIÓN DE UN DÍA... 27 



Cementerio de Possad, al lado del puesto de mando. ¿Os acordáis, 
camaradas de Antitanques, «ruando fuimos a reforzar a los supervivien- 
tes de Esparza? Habíamos reunido todos los muertos en aquella em- 
palizada. Estaban allí muchos amigos nuestros. La primera línea de 
Possad fué, en los días de 'noviembre y diciembre, la primera línea de 
la Falange de Madrid. Y nosotros, que renunciábamos, rendidos, a picar 
en el suelo para hacer nuestra chabola o refugio—la tierra helada era 
granito—, los fuimos enterrando a todos, en labor de varios días, cam- 
biando picos y palas que se rompían contra aquella tierra pedernal. 
Enterramos también una pobre panienka, último vestigio de la vida 
civil del poblado, que conservaba todavía la expresión de susto por 
la explosión cercana, y los dos brazos cruzados ante el rostro, en un 
ademán de protección inútil. 



* * 



En ocasiones, por la izquierda, se oía como un fragor lejano de 
combate. Algunas veces distinguimos el ruido de fusilería. ¿Serán los 
alemanes, que vienen a liberarnos? 

— Es raro: por ese lado apenas nos hostiga el enemigo. Mi co- 
mandante, ¿usted qué cree? 

El comandante, sonriente, sereno, hermético, nunca dice nada. 
Pero la esperanza no se pierde nunca. ¿Verdad, camarada? 



En Possad apenas se fuma y casi no se come. De dormir, ni hablar. 
Pero en Possad se canta. Salen las voces del fondo de las trincheras 
y refugios, dominando la ventisca y las balas. Por el tono creería uno 
que está de regreso en una romería vasca. Pero han cambiado la letra: 

"Los rusos creían, creían 
que con alemanes se tropezarían. 
Eran españoles los que había allí... 
¡Vaya un desengaño que llevó Stalin!" 

Alternando con sus embestidas feroces, los rusos nos obsequian 
con emisiones radiofónicas especiales. Se oyen bien sus peroratas, y 
las ametralladoras buscan inútilmente el altavoz camuflado en la nieve. 

El que habla lo hace en correcto castellano: 

— Admiramos vuestra resistencia, tan heroica como inútil. ¿No veis 
que estáis cercados? Eliminad a vuestros jefes y pasaos. Se respetarán 
vuestros grados. En nuestra retaguardia hay hermosas ciudades, diver- 
siones. No pasaréis más frío... 



28 JUAN EUGENIO BLANCO 

Después suelen poner unos discos de piezas trasnochadas. El vals 
Ramona lo prodigan mucho. 



También nos entregan proclamas en español con las consabidas 
invitaciones al pase y cuajadas de improperios contra la España que 
ellos llaman de Franco, como si hubiera otra. Digo nos entregan, por- 
que no la& lanzan con avión ni con catapulta. Ellos mismos las ponen, 
en la noche, al mismo tiempo que siembran de minas los caminos que 
saben tenemos que recorrer. Literatura barata, alusiones a la retirada 
de Napoleón... "Hoy son 20 ó 25 grados bajo cero; mañana, dentro 
de unas semanas, serán 40 ó 50. ¡No podréis resistir al frío ni al po- 
tente Ejército Rojo! Cada día serán más los morteros y cañones que 
pondremos en vuestro cerco. Nadie puede venir en vuestro auxilio. No 
estáis preparados para la guerra de invierno..." Nosotros comentamos 
sonriendo, pero nuestros comentarios no pueden escribirse. Luego re- 
partimos las proclamas, guardándolas en la cartera. Con la estrella 
de cinco puntas arrancada al comisario y el icarnet del Partido Co- 
munista son un recuerdo más de la campaña de Rusia. 



Sinceramente, cuando los rusos atacan, nos alegramos. Es prefe- 
rible el combate cara a cara, muchas veces cuerpo a cuerpo, que la 
espera angustiosa del morterazo que fatalmente ha de caer en la cha- 
bola. En Possad no hay dos metros cuadrados de terreno que no estén 
removidos por los bombardeos. Más propiamente, por el bombardeo 
continuo, metódico, incesante. Cuando se recrudece algo, todos tenes- 
mos los nervios en tensión para saltar al primer aviso. Siempre precede 
al ataque una corta e intensísima preparación artillera, que da la sen- 
sación de que los rojos manejan mostruosas ametralladoras. Los bom- 
bazos de los escuchas se confunden con los gritos de la horda. ¡Hurrah, 
hurrah, Spanski kaput! Vienen en verdaderas manadas y no son co- 
bardes atacando. Se les siega materialmente y llegan nuevas oleadas. 
En ocasiones, consiguen alcanzar algunas casas, que luego hay que 
recuperar al arma blanca y metiendo las bombas por las ventanas. 
Pero Possad es España en aquellos momentos. Y Possad nunca ha po- 
dido el enemigo tomarlo en combate. 

* * * 

Los ruskis, como les llamamos, al atacar suelen venir estimulados 
por libaciones de vodka, que quizá les hacen más arrojados. Esos 



RUSIA NO ES CUESTIÓN DE UN DÍA... 29 



mismos soldados, que el poco tiempo que son dueños de una posición 
aprovechan su victoria para rematar con picos y palas a sus defensores, 
cuando se les hace prisioneros se arrodillan y lloran como chiquillos. 
En España, los prisioneros que se cogían resultaban, siempre, ser "de 
derechas"! En Rusia todos son ucranianos. ¡Niet kommunist, ukranski! 
Llevar un suministro a Possad "se las trae". Pero es una misión 
para la que sobran voluntarios. Y al que llega se le recibe triunfal- 
mente. "Traigo pan, tabaco y coñac, mantequilla, algo de tocino y 
chocolate." El suministro se reparte rápidamente por el pueblo sub- 
terráneo. Aquel día no hay que recurrir a los filetes de caballo con- 
gelado, muerto en los primeros combates; ni hay que buscar como 
hurones patatas heladas por las ruinas de las casas. Además, vienen 
noticias de Nowgorod, del Monasterio, de Koenigsberg, Berlín, España. 
Porque allí, para nosotros, el mundo tiene dos partes: Possad y el 
resto. 



Hay dos pozos en Possad, los dos clásica y justamente llamados 
de la muerte. Los rojos tienen fijado en ellos el punto de mira de 
sus máquinas y al menor movimiento disparan. Los dos están como 
coJadores por los balazos. Hay que ir por agua de noche. Subir ras- 
treando y sin hacer ruido la pista de hielo que hay alrededor; con 
mucho cuidado, para que no se sienta cuando choca en el fondo, ir 
metiendo el cubo, la marmita, o la caja de la careta antigás. Tirar de 
la cuerda — no se respira en ese momento — y emprender el regreso. 
Si se hace algún ruido, si la noche no está muy obscura, si de repente 
se enciende una bengala... En Possad el agua tiene un precio muy 
caro. 



Sotomayor siempre estaba de un humor excelente. Una de aquellas 
sordas "meditaciones ofensivas" (todos buscábamos la manera de sa- 
cudirnos los rusos de alrededor con alguna genial operación o efica- 
císima arma secreta) la interrumpió un impulsivo camarada excla- 
mando: "¡Si tuviéramos muchos lanzallamas podríamos salir al bosque 
a prenderle fuego por los cuatro costados!" 

Y Sotomayor, con su eterna sonrisa. "Si salimos con lanzallamas 
los rusos vendrían con los brazos extendidos a calentarse las manos, 
diciendo: Jarassó, jarassó. ("Bonito, muy bonito"). 



30 JUAN EUGENIO BLANCO 

Possad, en los últimos días, era sencillamente infernal. Ya no ha- 
bía superestructura en el pueblo, que no era más que un montón de 
objetos calcinados. Al estampido de las granadas enemigas se unía el 
de los depósitos de municiones incendiados, en una inmensa traca. 
Con el resplandor de los incendios se ve perfectamente en la noche 
y uno no puede moverse de su trinchera, chabola, refugio o parapeto. 
Al menor intento de desplazamiento no es un fusil o una máquina lo 
que pone en peligro la vida. Son seis o siete antitancazos o disparos 
de mortero. Los rusos, en Possad, utilizan la artillería de pequeño 
calibre para las aplicaciones que de ordinario tienen el fusil y la ame- 
tralladora. Y con una profusión que hace imposible toda estadística de 
impactos recibidos diariamente. 

La intensidad de operaciones, golpes de .mano, ataques y bombar- 
deos fué desde el primer día tan continua, que no hubo posibilidad 
humana de construir refugios seguros y confortables. En cuanto ca- 
bían los cuerpos, aunque fuese horizontalmente, había que cubrirlos 
y dar por terminada la construcción. Era imprescindible calentarse 
de alguna manera y no quedaba más remedio que encender fuego den- 
tro. Al poco tiempo el humo asfixiaba y había que apagarlo. El humo 
se marchaba cuandos los miembros se iban quedando ateridos, y otra 
vez a encender. Y así hasta que se ingeniaba un mecanismo para sa- 
lida del humo o se encontraba una cosa que allí no tenía precio: u n a 
estufa. El calor que se acumulaba en el techo iba derritiendo el hielo, 
y las gotas caían sobre nosotros. A cada momento las explosiones cer- 
canas, al retumbar, nos llenaban de tierra la cara y las ropas. El ^tim- 
brado era en la mayoría de los casos hilo del tendido eléctrico recu»- 
bierto de una capa aisladora de goma y cáñamo, que al arder daba 
una débil Mamita azulada. Había que estar desenrollando constante- 
mente el hilo, pues la llama avanzaba más rápidamente que quisiéra- 
mos. Así hemos gastado kilómetros de cable. 

El alojamiento en el que se puede estar de pie es un palacio. En 
la mayoría hay que meterse a gatas. Para ocupar .menor espacio se 
duerme sentado, apoyado en los camaradas que conviven con uno. 
Además del puesto de armas hay que hacer guardia para que no se 
apague la estufa y desenrollar el hilo. Cada media hora hay que mo- 
verse para dejar pasar alguno que, a pesar de su buena noluntad, siem- 
pre pisa carne. 

Pues, no obstante estas condiciones de vida, en Possad se canta, 
se ríe, se juega a las cartas y se escriben "diarios". 

El relevo es una resurrección. El enlace va d~ndo la orden como 
puede a la sección de Antitanques, que habrá de marchar "a descansar" 
al Monasterio. En el grupo que viene a sustituirnos llegan Agustín 
y Dionisio. Luis Vernacci da e! último abrazo a su hermano Quique. 



RUSIA NO ES CUESTIÓN DE UN DÍA... 31 



Hay una ventisca perfecta, con copos de nieve flotando horizontalmente 
y aullidos del viento contra los pinos. Possad está ardiendo. Los que 
llegan, naturalmente, están algo desconcertados. Agustín rompe la in- 
decisión. "¿Cuál es la ametralladora más batida?" En seguida queda 
relevada la primera .máquina. Consejos, advertencias, adioses. A So- 
tomayor, que debía venirse con nosotros, no se le encuentra por nin- 
guna parte. Caminamos hacia el Monasterio, en silencio por la honda 
cuneta. En la posición intermedia volvemos la vista y se nos pone 
un nudo en la orarganta a l ver las llamaradas del incendio. 






Volvemos a Possad llevando suministro y munición de antitanques. 
Es de noche. Chisporrotean los restos del incendio y alguna granada, 
al explotar levanta enjambres de chispas candentes. La primera 
voz conocida que oímos es la de Polín: "¡Venga, voluntarios para re- 
tirar los cuerpos de Sotomayor y Vernacci!" El alma, saturada de 
emociones, todavía tiene capacidad para acusar fuertemente ésta. Y 
por el camino cubierto nos van explicando cómo cayeron. El dolól- 
es sin lágrimas ni comentarios, sin escenas ni lamentos. Es dolor solo, 
intrínseco, sin más atributos. 

Los muertos, en Possad, son estatuas.* El frío deja petrificados los 
gestos y actitudes del último momento. Retiramos del pie, del antitan- 
que las estatuas de Vernacci y Sotomayor. 

De nuevo, y ya para siempre, dejamos Possad. 



OTENSKY 

El Monasterio de Otensky no era, ni mucho menos, San Lorenzo 
del Escorial ni San Eleazar de Pleskau. Pero sí era un típico monas- 
terio ruso, donde muy bien pudiera haber existido el Padre 7osima de 
los Karamazov; no en vano quedaba a muy poca distancia ¡a Staraja 
Russa, de Dostoievski. 

Cuatro cuerpos de edificio, vértices de un cuadrilátero formado por 
unas humildes murallas. Cuando llegamos a él ya no encontramos monje 
alguno; pero sí subsistían, relativamente airosas, las cúpulas de ce- 
bolla dorada en sus cuatro esquinas. 

Nowgorod, la Compostela de la Sania Rusia, está rodeada de mo- 
nasterios como el de Otensky, en un tiempo avanzadillas donde conte- 
ner y organizar las peregrinaciones religiosas que venían de los cuatro 
puntos cardinales; avanzadillas también, y de combate, en la pasada 
guerra, inmoladas casi todas — Tri-Troitzkaya, Mestelewo, Schutiny, 



» i 



32 JUAN EUGENIO BLANCO 



tantas más — defendiendo la vieja ciudad, que en expansión ecuménica 
incluso un día fuera hanseática. 

El Monasterio de Otensky no servirá hoy ni siquiera para museo 
de los Sin-Dios, donde las generaciones soviéticas puedan escandali- 
zarse del lujo "europeo" de las venerables casullas bizantinas. El Mo- 
nasterio de O'tensky dejó de existir el día 8 de diciembre de 1941, el 
mismo día en que dejó de ser un alcázar de españoles. Ya bien poco 
quedaba de él, después del 4, cuando los rusos intentaron tomarlo en 
combate por última vez. 

Estaba todo barrido y sin superestructuras. El enemigo había he- 
cho una verdadera exhibición, mejor que preparación artillera; sentía- 
mos los efectos de un arma hasta entonces desconocida: el "organillo", 
que después ya nos sería familiar; balas de cañón disparadas con la 
misma frecuencia que las de una ametralladora. Por si fuera poco, nos 
visitaron unos aviones tan bonitos, tan aerodinámicos, que no parecían 
soviéticos, y así lo creímos, hasta que cayeron las primeras bombas. 

Era deprimente, y confortaba a la vez, el ver a nuestro comandante, 
con sus oficiales de enlace de Estado Mayor, aguantando en la trin- 
chera como cualquier soldado. El mecanismo de la defensa era bien 
simple: cercados, sin posibilidad de refuerzo, cortadas Jas comunica- 
ciones, la guarnición de Otensky no tenía más objeto que resistir el 
alud hasta que quedasen alientos, y, luego, a morir con Dios. 

La posición se iluminaba de noche con los "panecitos de Stalin", 
una especie de bengalas multicolores, de persistente duración, que nos 
tiraban desde el aire, y que daban a las ruinas del Monasterio y a los 
restos de sus defensores una apariencia fantasmal. 

A pesar de todo, todavía teníamos, entre otras cosas, humor para 
aguantar aquéllo y para cantar durante los ataques. 

"Ellos creían 
que con alemanes tropezarían; 
se equivocaron... 

Eran españoles los que allí fueron 
vaya un "tiberio" 
que allí se armó." 

Era una infantil fanfarronada; pero lo cierto es que nosotros lo can- 
tábamos, con su musiquilla vasca, a grandes voces, y nos sentíamos 
contentos; lo que lamentábamos era que los rusos no lo entendieran, 
aunque lo que sí debían entender era el poco respeto que nos producían 
sus realmente serias acometidas. 

Murieron muchos camaradas, naturalmente. Una sola de las bom- 
bas de aviación mató a dieciocho de ametralladoras y a cinco de 






RUSIA NO ES CUESTIÓN DE UN DÍA... 33 

la segunda de Antitanques, y se cargó por completo uno de los vérti- 
ces del Monasterio. 

El día 7, por la noche, los hermanos de Possad salvaban los cuatro 
kilómetros que les separaban de nosotros y se decidían a proseguir 
rumbo a Schewelewo. En su mayoría, sólo llevaban bombas de mano 
para defenderse. Un poco más tarde nos llegó la orden de evacuar, y el 
milagro de Possad se repitió con los supervivientes del Monasterio de 
Otensky. 

Todo el mundo en silencio por la trocha; nos precedían dos coches, 
que no sé de dónde habían salido, y en los que iban los heridos más 
graves. Cómo estaría la cosa que ningún herido- — y había fracturas y 
desgarros de todos los gustos — se quejó en absoluto, a pesar de la 
brutal forma en que los estrechábamos unos contra otros, para que 
cupiesen más y evitar la problemática retirada en camilla. Entre ellos 
tiramos, cuando ya estaba en marcha el camión, el cuerpo de Jiménez 
Millas, atontado a última hora por una onda explosiva. 

En el dramatismo del momento, la simpática y emocionante nota 
de los prisioneros rusos, que prefirieron venirse con nosotros a esperar 
a sus compañeros — que entrarían al día siguiente en la posición — , a 
pesar de las facilidades y hasta el consejo que les dábamos para que 
se quedasen. Es inexplicable, pero así fué, y también es justo recono- 
cer que se portaron magníficamente, ayudando a evacuar a los heridos. 

Asaltamos nuestra intendencia y rompimos, vertimos o quemamos 
todo ]o que podíamos arrastrar con nosotros. Fué la única vez que 
las barritas de sclwkolade no estuvieron racionadas y en que no hubo 
necesidad de camelar a ningún furriel para que el vodka "fuese abun- 
dante. . 

Los dos camiones iban abriendo marcha, a la desesperada, y todos 
pensábamos que, si ellos lograban pasar, nosotros también podríamos 
hacerlo. Todavía hoy no nos explicamos cómo en el lívido amanecer 
del día 8 de diciembre llegamos a la autopista helada del Wolchow. 
En la guerra hay situaciones que escapan a toda .lógica, y aquella eva- 
cuación del Monasterio y de Possad debió ser, sin duda alguna, un es- 
pecialísimo favor que la Purísima nos hizo. 



LA BOMBA DEL MONASTERIO 

Del Monasterio de Otensky, claro. Muchos y muy bonitos monas- 
terios vimos durante la campaña, pero éste se ganó la antonomasia por 
derecho propio. 

La compañía tenía una fisonomía especial, iban en ella como sol- 
dados no pocos oficiales de la guerra de España; yo mismo había man- 

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ki 1 1 



34 JUAN EUGENIO BLANCO 

dado una falange de la terecra centuria de Segovia en los primeros me- 
ses de la Cruzada y me encontré en el cuartel del Infante Don Juan coü 
el cabo Gaspar Gil (ya para siempre Gasparone), voluntario a mis 
órdenes en aquel tiempo y que ahora no concebía el "ser más que yo" 
en la División. Pero el ejemplo más fuerte era el del cabo Aznar, du- 
rante nuestra guerra jefe nacional de Milicias de la Falange. Esto, 
unido a la camaradería y amistad que existía con los oficiales, daba 
lugar a no poca confusión entre los magníficos cabos y sargentos de 
la compañía, casi todos ellos profesionales del Ejército. Recuerdo que 
el sargento Gestoso manifestó en una ocasión, a raíz de un incidente 
sin importancia, que él no podía seguir en una unidad "donde los sol- 
dados mandaban más que los oficiales". 

El chofer que tenía la pieza de Gestoso era José Luis Méndez, que, 
en cuanto acampábamos, hacía del coche su tienda y no dejaba en- 
trar a nadie en él..., ni a su sargento, lo que provocaba entre ambos 
unas violentas discusiones de Jas que nos beneficiábamos, regocijados, 
oyendo los argumentos de Méndez sobre la transitoria propiedad del 
coche y los del sargento' sobre la disciplina y obediencia a todo trance. 

Gestoso era un gallego estupendo, infantil y grandullón. Fué vo- 
luntario a llevar el suministro a Possad cuando hacía unas horas que 
había sido relevado de allí, y gracias a sus músculos pudimos traernos 
un antitanque. Miraba a cada momento la hora en un formidable reloj 
de oro que había comprado por varios cientos de marcos ganados al 
poker, que se le daba bien. Como no se aplastaba durante un bombar- 
deo en Ótenski, le dijimos: "Agáchese, que le van a dar", y él contes- 
tó, con fatalismo celta, que la bomba que tenía destinada le daría "en 
medio y medio", aunque se escondiese. 

Ángel Loma era un camarada de la centuria de balillas a quien el 
día 3 de diciembre le dio por encontrarse pesimista. Nos dijo muy se- 
rio a sus amigos que no tardaría mucho en morir; escribió una carta a 
una hermana monja que tenía en Italia, en la que se despedía de ella 
y le hablaba de su presentimiento, y nos amargó diciéndonos fríamente 
sus últimas voluntades. 

Son de esas cosas raras que pasan en la vida, cuyo conocimiento 
no deja de impresionarnos, y más aún cuando somos espectadores de 
ellas. Veinticuatro horas después de Jas palabras de Loma y Gestoso, 
una bomba de aviación daba literalmente "en medio y medio" del cuer- 
po de este último, y por la metralla y onda explosiva de la misma mo- 
ría también aquél, con más de veinte camaradas. 



* * 



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RUSIA NO ES CUESTIÓN DE UN DÍA... 35 



El día 4 de diciembre me encontraba haciendo guardia en una de 
las esquinas del cuadrilátero del Monasterio, al lado de "Yola", nues- 
tra pieza. El frente estaba tranquilo. Eran las cuatro de la madru- 
gada' y hacía un frío espantoso, Afinando el oído podían escucharse 
las risas y las voces de los camaradas de un refugio que estaba a mi 
izquierda, con una estufa que era una tentación. No sucedía nada, y en 
un momento de debilidad me acerqué a calentarme los pies, con tan 
mala suerte que precisamente en aquel instante pasaba el sargento de 
vigilancia que estaba recorriendo los puestos, hacia al que me volví 
apresurado cuando aún no había llegado al refugio. 

Como es natural, me echó la gran bronca; aludió al abandono de 
servicio frente al enemigo, recordó lo que el Código de Justicia Mili- 
tar preveía para tales casos y se marchó refunfuñando que ya sabía él 
lo que tenía que hacer. Yo me quedé bastante fastidiado, deshojando 
la margarita de si el sargento daría o no parte, en cuyo entretenimien- 
to se me pasó la media hora de turno. 

Tenía que relevarme Mariano Ferrer, también de la centuria de ba- 
lillas, que no aparecía por ninguna parte, a pesar de que ya pasaban 
varios minutos de la hora. Estaba durmiendo como un pepe, con los 
demás de la pieza y una sección de la cuarta de ametralladoras de Es- 
parza, en una de las cuatro torres del Monasterio, a diez o doce metros 
de distancia del puesto. Entré allí rápidamente, lo zarandeé, pero no 
había quien lo levantase. "Considérate relevado y acuéstate", me de- 
cía semidormido. Intenté explicarle atropelladamente lo del sargento, 
pero no me hizo caso. Tuve que apelar a un recurso "heroico": "Me 
vuelvo al puesto y allí estaré hasta que me releves." A los pocos 
segundos, .y pronunciando frases que no se pueden escribir, aparecía 
Ferrer dispuesto a pelar su guardia. 

Después de calentarme un rato las manos y los pies me acosté, 
acoplado como sardina en lata, entre el sargento Patino y el cabo 
Arza, mis superiores inmediatos en la compañía, que refunfuñaron al 
sentirme con ías lindezas de costumbre. Estábamos en aquel cuarto 
cuadrado unos cuarenta hombres distribuidos por mitad a cada Jado, 
en forma que entre los pies quedaba un pequeño pasillo, al final del 
cual había una estufa. 

La aviación rusa pasaba todas las noches, y ya oíamos como quien 
oye llover el zumbido de los motores, el silbido de las bombas por el 
camino y el ruido de la explosión. La postura en que estábamos, 
durmiendo pegados al suelo, era la ortodoxa, y sólo podía mejorarse 
levantándonos y yendo al refugio que había en el patio central del 
Monasterio, lo que nunca hacíamos. Yo me dormí en seguida aquella 
noche; pero, a pesar de ello, oía entre sueños el ruido de los motores 
de los Stormovich. 



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36 JUAN EUGENIO BLANCO 



Me despertó un grita escalofriante de Gestoso, que recordaré mien- 
tras viva. Al abrir los ojos vi el cielo por el agujero que iiabia hecho 
la bomba al entrar. Había partido prácticamente en dos el cuerpo del 
sargento — que dormía frente a mí — y estaba enterrada en el suelo, sin 
estallar. Por un instante pensé saltar hacia afuera, mientras procuraba 
incrustarme en el suelo, con todos los músculos en tensión, iniciando 
el "Señor mío Jesucristo". La bomba explotó casi inmediatamente, y 
yo quedé sin sentido por unos segundos. Al recobrar el conocimiento, 
veía el cielo por todas partes a través de una maraña de maderas y 
hierros, entre nubes de polvo. 

Oí a Ferrer que ¡me llamaba a grandes voces desde fuera, y, cuan- 
do estaba aún medio atontado, me abrazó Teodulfo, uno de los cama- 
radas que dormían allí, zarandeándome con alegría animal, mientras 
decía que, salvados de aquélla, ya no palmaríamos nunca. Fué sólo un 
momento de enajenación. Se calló y, con los ocho o nueve camaradas 
que se habían librado, empezamos a quitar los escombros, sin que des- 
graciadamente pudiésemos hacer nada por los que estaban debajo. 

No hubo ningún herido. De los que dormían en el lado izquierdo, 
donde estaba Gestoso, no se salvó nadie. Del otro salimos con vida la 
mitad. De algunos camaradas — Loma, por ejemplo — no pudimos en- 
contrar ni rastro. Allí quedó también el reloj de oro de Gestoso. 

Lo que son las cosas; a Mariano Ferrer mi negligencia le salvó la 
vida. Sin ella no me habría echado la bronca el sargento de vigilancia; 
sin la bronca no me habría yo preocupado con tanto rigor de que mi 
relevo se efectuase debidamente, y me hubiese acostado, como tantas 
otras veces, después de avisar al que me sustituía. Entonces Ferrer se 
habría quedado remoloneando unos minutos más, los precisos hasta 
que llegase el Stormovich; y dormía también enfrente de mí, pegado al 
sargento Gestoso, precisamente del lado que no se salvó nadie. 

AREF1NO 

Arefino, nombre que a mí se me antojó de bonita eufonía, es, de los 
pueblos en que estuvo la segunda de Antitanques, el que queda más 
al norte siguiendo el curso del Wolchow hacia Leningrado. Llegamos 
a él el día siguiente de la retirada, después de dormir en Schewelewo, 
hasta aquel mismo día cuartel general del regimiento de Esparza al 
que estábamos agregados. 

Mi compañía tendrá siempre un grato recuerdo de aquel lugar. Fué 
un paréntesis de tranquilidad, sobre todo para mi pieza, que a los po- 
cos días se vería metida en pleno fregado de Udarnik-Posición inter- 
media, en las Navidades -del año 1941. 



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RUSIA NO ES CUESTIÓN DE UN DÍA... 37 

En Arefino se vivía bien. Apenas había sufrido con la guerra y las 
casas eran confortables; dentro de ellas el frío no se sentía en absolu- 
to; además, tenía aquel pueblo la nota simpática de parecer poco so- 
vietizado. La población civil que allí había — hombres de edad respe- 
table, mujeres, niños — daba la sensación de la vieja Rusia de las no- 
velas de Tolstoi o de Gogol. Allí vi los más bonitos iconos y allí apren- 
dí la música y letra auténticas de "Volga, Volga"; me las enseñó Vo- 
lodia, un pequeño de doce o trece años. 

Pero, como Arefino estaba habitado, pocos iconos pudimos llevar- 
nos como recuerdo. En la División llamábamos iconos a cualquier cla- 
se de cuadros o imágenes religiosas, que, hora es ya de decirlo, había 
en todas las casas de la Rusia soviética, donde la religión oficial --val- 
ga la frase — era el ateísmo; uno de los motivos de más agradable es- 
tupefacción para nosotros fué el ver que en un rincón de todas las is- 
bas, por muy modestas que fuesen, no faltaba nunca la lamparilla 
alumbrando a la Virgen de Kazan — nuestra Señora del Perpetuo Soco- 
rro — o cualquier otra advocación piadosa. Y ante ellas, antes de reti- 
rarse a sus habitaciones, se persignaban devotamente, según el rito 
ortodoxo, los habitantes de la morada. 

A la "caza" de iconos nos dedicamos con entusiasmo desde que en- 
tramos en Rusia, con el propósito de conservarlos como el mejor re- 
cuerdo de nuestra estancia allí. Magníficas colecciones se perdieron en 
los azares de la campaña; pero sin embargo, me consta que algunos 
han podido volver con piezas de museo. Al principio, a los camaradas 
de escasa formación cultural los explotábamos adquiriéndoles los ico- 
nos a precios irrisorios. Más de una miniatura en la que tres o cuatro 
siglos habían dejado su pátina venerable fué cambiada por un paquete 
de "Papirossi" o dos botellas de vodka. Pero después no había divisio- 
nario, por muy indocumentado que fuera, que no distinguiese los ico- 
nos antiguos y de valor de los litografiados o hechos en serie, que exis- 
tían con mucha más profusión. 

Siempre nos llevamos muy bien con la población civil rusa y en 
Arefino fuimos solícitamente atendidos por aquellas buenas personas 
que nos vieron llegar derrotados moral y físicamente. La constante ten- 
sión de Otensky-Possad había dejado sus huellas en nosotros y el he- 
cho innegable era que ya los dos inverosímiles baluartes de la División 
estaban en poder de las tropas soviéticas. 

Sobre esto de nuestras relaciones con la población civil msa 
podría escribirse un volumen con detalles sorprendentes. Me vienen 
ahora a la memoria la muchachita de Udarnik — diecisiete años, estu- 
diante de Medicina en Leningrado — , curando con lágrimas en los ojos 
nuestros heridos de aquella posición; el llanto de una mujer en Nueva 



38 JUAN EUGENIO BLANCO 



Miniza al ver cómo Ferrer, tan "malienki" (pequeño), partía hacia el 
combate. Aquellas voluntarias evacuaciones, siguiendo a nuestras tro- 
pas en la retirada, de los pocos habitantes que había en los pueblos 
que dejábamos... Y, como detalle simpático, la danza que, organizada 
por Enrique Sotomayor — ejemplar camarada de las armas y las letras, 
ejemplarmente caído en el asedio a Possad— , hicimos alrededor de un 
ruso de grandes barbazas a través de las que se advertía su risa cor- 
dial, al ritmo del estribillo Ruski jarasso, ruski gtrí, para que en cual- 
quiera de los dos idiomas comprendiese nuestra favorable inclinación 
a los buenos rusos, a los pobres rusos, a los eternos rusos de la Santa 
Rusia, que algunos llevábamos, antes de pisar su suelo, tan bien co- 
nocidos. 

Los sucesos ya se van difuminando en la memoria, pero me parece 
recordar que en los tres días que estuvimos en Arefino no hicimos ser- 
vicio alguno. Y, para que todo fuese agradable en este pueblo, la úni- 
ca baja fué la de un camarada a quien una patrulla alemana, por des- 
piste, alcanzó con un tiro de fusil, haciéndole un sedal que le garanti- 
zaba el viaje a sitios que entonces se nos aparecían como el paraíso: 
Wilna, Riga, Koenigsberg... 

Yo deseo de todo corazón que el padre de Volodia, de guarnición 
en Leningrado los días en que nosotros ocupábamos su confortable 
casa de Arefino y enseñábamos a su mujer, sobre un mapa, la situa- 
ción del cerco a la antigua capital rusa, haya resistido sano y salvo las 
peripecias de la guerra y vuelto a la vida normal con su familia; quizá 
Volodia conserve todavía las linternas, lápices y no sé qué más cosas 
que le dimos al marchar; seguramente su mujer le habrá contado con 
todo detalle cómo hicimos nuestra vida en su casa. Y siempre es una 
satisfacción pensar que ningún mal recuerdo ha de salir a relucir cuan- 
do el tema de la conversación, en aquel pueblecito que está a orillas 
del Wolchow en la carretera de Nowgorod a Leningrado, sea la estan- 
cia de unos soldados venidos desde tan lejos para luchar contra el co- 
munismo, y que llevaban, en el brazo derecho del uniforme, una bande- 
rita roja y amarilla. 

INVITACIÓN AL VALS DE MOSCÚ 

Los servicios de propaganda del ejército comunista no se lucieron 
mucho con nosotros. Claro que su primer error "estratégico" fué el 
creer posible que se pudiese hacer propaganda comunista en una divi- 
sión de voluntarios contra el comunismo, en la que la mayoría de ellos 
tenía ya un haber de tres años de lucha con aquella finalidad. 

La propaganda no obtuvo, como era de esperar, éxito alguno, y ni 



RUSIA NO ES CUESTIÓN DE UN DÍA... 39 



aun en los días más críticos de Possad, cuando la continua y sobrehu- 
mana tensión física podía haber causado un traumático desquiciamien- 
to moral, se registró ninguna deserción. Muy avanzada la campaña, y 
superado el primer invierno, sí se pasaron algunos, que probablemen- 
te salieron ya de España con aquel objeto; Dios les haya perdonado; 
estoy seguro de que ningún castigo podría afectarles más que lo que 
a cada uno le haya pasado en el paraíso soviético. 

La propaganda oral, por medio de altavoces, del tipo de la que los 
rojos y nosotros hacíamos en la guerra de España de trinchera a trin- 
chera, consistía en unos discursos absurdos, a cargo de comunistas es- 
pañoles de los que fueron a Rusia del 36 al 39. No nos producían otro 
sentimiento que el de lástima y rabia por la situación de aquellos com- 
patriotas reducidos a desempeñar tan tristes papeles. También de vez en 
cuando intercalaban un rollo dictado a algún prisionero que con voz 
artificial e indescriptible nos daba cuenta de su júbilo al estar en po- 
der del ejército rojo. Los únicos oradores que no tomábamos a broma 
era los que se habían pasado de verdad; como la campaña no era pre- 
cisamente del tipo de la guerra de las naranjas que valió a Godoy su 
principado, estos españoles indignos de tal nombre se complacían re- 
cordando cuantos sucesos desagradables habían tenido lugar, con esa 
ironía y esa... mala intención de que somos capaces cuando nos pone- 
mos a ello. 

Hubiéramos agradecido sinceramente algún intermedio de música 
española, pero los propagandistas rusos no nos proporcionaban más 
que unas infernales marchas militares y algún disco gastadísimo con 
tangos y pasodobles de cuando ya era famoso el anís de "las Cadenas". 

Las octavillas, salvoconductos para el pase, boletines de informa- 
ción y demás propaganda escrita nos la tiraban con la aviación, con 
catapultas y también entregada a mano; no de mano a mano, pero sí 
dejada en los sitios por donde teníamos que pasar, bien por los "par- 
tisanos" o a través de algún escaso "quintacolumnista" civil. Conser- 
vo una octavilla que no tiene la menor preocupación ideológica y que 
constituye una buena muestra del materialismo marxista aplicado a la 
propaganda de guerra; la transcribo por lo que pueda tener de valor 
anecdótico; dice así: 

"LEE ESTA HOJA Y PÁSALA A TU COMPAÑERO.— ¡CAMARA- 
DAS DE LA DIVISIÓN ESPAÑOLA!— Somos antiguos soldados de 
la División española que nos hemos pasado a los rusos y hemos deci- 
dido dirigirnos a vosotros para deciros cómo nos tratan en el Ejército 
Rojo, cómo vivimos, cuáles son nuestras perspectivas para el futuro. 
Camaradas, conocer la pura verdad y no creer las burdas mentiras que 
os cuentan los oficiales falangistas, vendidos a Hítler. ¿SABÉIS COMO 
NOS TRATAN LOS RUSOS? Nos dan cada día 900 gramos de pan 



40 JUAN EUGENIO BLANCO 

para cada uno, mientras que vosotros sólo recibís 400 gramos. Hace- 
mos tres comidas calientes al día, consistentes de patatas, arroz, car- 
ne, verdura, y no esa repugnante papilla de verduras sintéticas que os 
dan en la División, que casi siempre es pura agua. Aquí comemos has- 
ta hartarnos, mientras que ni en Alemania ni en la División no conse- 
guimos hartarnos ni una sola vez. Tenemos tabaco. Vamos limpios y 
no llenos de piojos, como vosotros; cada semana frecuentamos el baño, 
donde nos cambian toda la ropa interior. Vivimos todos juntos en ha- 
bitaciones limpias y caldeadas, y, trabajando tranquilamente, aguar- 
damos el fin de la guerra para regresar a nuestra querida España a 
reunimos de nuevo con nuestros familiares. ¡Camaradas! Sinceramente 
os aconsejamos seguir nuestro ejemplo. Pensad bien lo que os puede 
ocurrir si continuáis en la División. Reíros de los ilusos que sueñan 
con la toma de Leningrado. Leningrado, como nosotros hemos podido 
ver, es una fortaleza imposible de tomar. Por todas partes hay fuertes 
fortificaciones, artillería pesada, "organillos", tanques y millares de sol- 
dados con automáticos. El golpe que recibiréis será rápido y fulminan- 
te. Han caído las primeras heladas, pronto experimentaréis lo que es 
el invierno en Leningrado. Recordad lo que nos contaban los vetera- 
nos. Tendréis que estar en los puestos con una temperatura de 40 gra- 
dos bajo cero, con el mísero abrigo alemán confeccionado con fibra de 
madera, sin ropa interior y con las botas rotas. Se os helará la cara, 
las manos y los pies. Acordaos de los inválidos que vimos en San Se- 
bastián sin manos y sin piernas, que se helaron el invierno pasado 
en el frente ruso. ¿POR QUE TENÉIS QUE SUFRIR TODO ESTO? 
Pero vuestra tragedia, que conocemos tan bien como vosotros, no ter- 
mina aquí. Trabajáis como bestias, no tenéis tiempo ni para mataros 
los piojos, tenéis que aguantar las palizas y malos tratos de los sar- 
gentos. ¿Qué os impide, camaradas, seguir inmediatamente nuestro 
ejemplo? El peligro que corréis al pasaros es infinitamente menor que 
el peligro que corréis diariamente en la División. ¡Camaradas, no vaci- 
léis más! Pasaros a los rusos antes de que sea tarde. Salvad vuestro 
honor y vuestras vidas como lo hicimos nosotros. ¡No permanezcáis ni 
un minuto más en las filas de los asesinos fascistas! Deseando encon- 
traros pronto en este lado, recibid saludos de vuestros amigos y cama- 
radas. " 

Al final, y en un recuadro, escrito en ruso y español, decía: "Esta 
hoja sirve de salvoconducto para pasarse al Ejército Rojo." 



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RUSIA NO ES CUESTIÓN DE UN DÍA... 41 



UDARNIK 

Nunca soldados españoles habían llevado tan al este de Europa las 
banderas de la Patria. Quedaban muchos meridianos a la izquierda, las 
islas de Dinamarca, donde el marqués de la Romana había situado a 
sus hombres, fugazmente implicados en la gran aventura napoleónica. 

Udarnik era el último pueblo que ocupábamos, bajando el Wol- 
chow, hasta Leningrado. Cuando la gran retirada nos tocó _ a^ unos 
cuantos quedarnos en la orilla izquierda del río, con la misión de 
aguantar la embestida soviética, hasta tanto se estructurase el sistema 
de contención, a caballo de la carretera Tsarkoié Tselo-Staraja Russa. 
En los defensores de Udarnik, Witriza y la posición intermedia estaba 
el resolver la difícil papeleta, ya que sobre ellos convergían, natural- 
mente, los rusos, que, borrachos de victoria y de moral por la ocupa- 
ción de Possad y Otensky, era de suponer no se detuvieran ante el río, 
que a finales de diciembre no era un obstáculo, sino un magnífico ca- 
mino de hielo donde podrían transitar sin recelo alguno hasta los tan- 
ques "Stalin", de cuarenta y dos toneladas. 

El congelado Wolchow, sin ningún incidente en su llanura, era fá- 
cilmente vigilable, y esperábamos se convirtiese en un privilegiado y 
original campo de batalla. Los rusos tenían la golosina de Nowgorod 
casi al alcance de su mano, si lograban rebasar y aislar, pasando el 
río, la vieja ciudad que un día asolara el terrible Iván de la historia y 
la leyenda. 

Se prepararon despacio. El día 10 de diciembre ya nos hostilizaban 
desde la otra orilla, pero hasta el 27 no empezaron el ataque. 

La tensión amenazante no impidió que celebrásemos la Noche- 
buena lo mejor que pudimos; pacientemente habíamos ido reservan- 
do las botellas hasta lograr una heterogénea bodega; los caldos, al 
helarse, habían roto el vidrio que conservaba la forma del envase; 
teníamos vino del Rhin, manzanilla de Jerez, champaña "de la viuda", 
y el inevitable "vodka" falsificado de Riga. Recién salidos del Monas- 
terio, no nos estorbaban la juerga los cañonazos o las ráfagas que 
oíamos desde las chabolas y trincheras. La aviación nos molestó poco 
aquellos días, y las bajas eran casi todas de mortero o de emboscadas, 
ya que los rusos, en pequeñas patrullas, se infiltraban de vez en cuando. 

El día 27 se organizó el jaleo en serio. Empezó a la manera clási- 
ca, al anochecer, con la consabida preparación artillera y la casi simul- 
tánea acometida en masa. No nos cogió desprevenidos, pero la abru- 
madora forma en que el enemigo despreciaba sus muertos, lanzando 
sobre ellos nuevas oleadas, nos hizo ir replegando hasta las mismas 
casas de la aldea, y más tarde quedamos — los que quedábamos — en- 



o» 



42 JUAN EUGENIO BLANCO 

cerrados en la que un día fuera iglesia. Entre el follón de la lu- 
cha oíamos perfectamente las voces de "¡Hurrah, hurrah, spanski ka- 
put!" con que los rusos se enardecían. 

Metro a metro nos fueron arrinconando, De los dos antitanques 
con que contábamos, uno se estropeó al hacer unos cuantos disparos, 
mientras que nuestra pieza, que había empezado tirando frente al río, 
estaba, al amanecer del 28, disparando en dirección opuesta, empla- 
zada en la misma puerta de la iglesia. Nos habían cercado completa- 
mente. Mientras, absolutamente toda la guarnición de la posición in- 
termedia habían muerto defendiéndola, pero ante ella el hielo negreaba 
de centenares de cadáveres rusos. 

Teóricamente, ya no había salvación. Seguían las oleadas, renova- 
das siempre y sin abrirse ni esparcirse, en masa compacta y ululante... 
Se trataba ya de morir en la mejor forma posible. 

Con diez o doce de Infantería — entre ellos estaba, más grande que 
nunca, el pequeño y valeroso Gaceo — y nuestro antitanque, hicimos 
una salida a la desesperada. La pieza, completamente descalibrada, dis- 
paraba a cero y a ojo, continuamente, granadas rompedoras: los de 
Infantería saltaban a nuestro lado como demonios, lanzando bombas de 
mano y disparando fusiles ametralladores. Nuestra primera "victoria" 
fué tomar la casa que estaba frente a la iglesia, a unos doscientos me- 
tros, desde donde más nos hostigaban: poi 4 cierto que, mientras metía- 
mos un antitancazo por la ventana, salían por la de al lado gritando 
"¡Arriba España!", como energúmenos, dos camaradas que los rusos 
habían cogido allí prisioneros. 

Aprovechando el desconcierto que nuestra descabellada salida ha- 
bía causado, en la iglesia no quedaban más que los heridos, y los super- 
vivientes, individualmente, se habían lanzado al ataque desparramán- 
dose en todas direcciones. Empezaba a clarear y, en ¡muy poco tiempo, 
los rusos desaparecieron, replegándose al otro iado del río. Al ter- 
minar el combate las líneas quedaron exactamente igual que el día 
anterior. 

No perdimos la posición, pero sí perdimos, para siempre, a Vicente 
Gaceo del Pino, el predilecto de José Antonio, que, gravemente herido 
al iniciar la salida, nos hacía señas de que no nos preocupásemos y 
siguiéramos adelante. En Udarnik lloraba Antonio Lamamié de Clairac 
sobre los dieciséis años muertos de su hermano Juan. A los defensores 
de la posición intermedia tuvimos que sacar, para enterrarlos, los picos 
que los rusos, ensañándose ferozmente, habían incrustado en, sus cuer- 
pos. Mariano Ferrer perdía los dedos de ambas manos, y aún podía dar 
gracias de no haber perdido más. Voluntario para enlazar con la posición 
intermedia, llegó despistado hasta los rusos que la habían tomado, a 
los que incluso habló; todavía no se distinguían bien los cuerpos. Al 



RUSIA NO ES CUESTIÓN DE UN DÍA... 43 



darse cuenta de lo que pasaba tuvo la serenidad suficiente para dejar 
caer, más que tirar, una bomba en el mismo corro que los rusos for- 
maban con él. Intentó volver a nuestras líneas, pero le ancanzaron dos 
disparos casi a bocajarro, y quedó en la estrecha tierra de nadie. Tuvi- 
mos que tirar por encima de él mientras venía arrastrándose, ensan- 
grentando la nieve; aún le quedaron ánimos para ir haciendo cortina 
con' las bombas. Los rusos no dejaban de disparar; por fin pudo llegar 
a nosotros sin más que otro balazo, pero ya traía helados todos los 
dedos, que después hubo que cortarle. 

La alegría del triunfo se emlpañaba con el triste recuento de los 
camaradas caídos. Pero todo lo perdido quedaba compensado al día 
siguiente, mientras escuchábamos, rígidamente firmes, la lectura del 
parte de nuestro Cuartel general, impregnado del mejor acento de las 
épocas de oro; decía así: 

"Soldados: Los combates iniciados el 24-XII por el enemigo en el 
Wolchow — cuyo paso trató de forzar — han culminado ayer, 27, con su 
esfuerzo máximo, pretendiendo, con fuerzas enormemente superiores a 
las nuestras, romper nuestras linas. 

"La sencilla heroicidad de nuestros soldados y la habilidad y reso- 
lución de todos los mandos, sin excepción, han permitido infligirle una 
tremenda derrota, de la que muy legítimamente podéis estar orgullosos. 

"Yo estoy plenamente satisfecho de vosotros y, al participároslo, 
quiero ofrendar máximo tributo de gratitud a aquellos valientes de la 
posición intermedia que, rindiendo culto al honor militar, cumplieron la 
orden recibida: "No es posible retroceder, tenéis que estar ahí como 
clavados". 

"Y, efectivamente, cuando nuestras tropas, en brioso contraataque, 
recuperan la posición, tan valientemente defendida por unos héroes, 
todos están allí muertos; ni uno solo retrocedió, y para rubricar tan 
gloriosa hazaña la barbarie rusa, el poco tiempo que dominó la posi- 
ción, lo empleó en clavar con picos nuestros cadáveres en el suelo. La 
orden había sido cumplida: Allí estaban los nuestros clavados. 

"Por una vez la bestialidad roja ha servido para sublimar Ja gesta 
de nuestros soldados. 

"i Qué orgullo ser español! — Vuestro general." 



NOWGOROD, 1941 

Al invierno erizado de balas y de hielo 
lo derrotó la gracia meridional de España. 
Y en Nowgorod, que tuvo para nuestros andares 
resonancias de vieja ciudad compostelana 



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44 JUAN EUGENIO BLANCO 

— con sus viejas ermitas y sus cien monasterios, 
con la altivez ingenua, feudal, de sus murallas, 
con mujerucas tristes, líos de ropa negra — , 
no pudo el enemigo depositar su baba. 

El Kremlin devastado, con las almenas ciegas, 
unos ojos oblicuos de cerca avizoraban. 

Desolación enorme, de pájaros sin nido, 
de suelo sin relieve, de árboles sin ramas, 
de enfermo que en la isba perdida en la llanura 
mira caer la nieve pegado a la ventana. 

Un coro de panienkas, la mirada bovina, 
ante la cacerola que hierve con patatas. 
El Wolchow se adivina y se adivina el limen, 
bajo el agua de mármol se intuye el agua blanda. 

Una tromba de cuervos decorativos, negros, 
su vértice clavado en la roja piltrafa. 

Sordo rumor de tanques y juego al escondite 
de las balas dejando los abetos sin cascara. 

Y siempre bien tupidos, armados y abrigados, 
desalmados soldados de Infantería bárbara, 
camuflados de nieve entre la nieve misma, 
con ancestrales hurras de historias olvidadas, 
atacando en rodillo telúrico, masivo, 
posiciones azules, posiciones Alcázar. 

Nombres de viejos tercios sobre la estepa rusa, 
regimientos de Vierna, de Pimentel y Esparza. 

Todo el frente ha doblado, de Leningrado a Odessa, 
menos Nowgorod; es una ciudad hispana. 

Cara al sol que se sabe existe en algún sitio, 
como en los buenos tiempos de la guerra lejana 
unos hombres pequeños, morenos, implacables, 
sostenidos por algo que no se estudia en táctica 
- — el Dios de las batallas, Santiago y San Jorge 
viendo con simpatía su intención encarnada — , 
angulosos, hambrientos, desharrapados, sucios, 
logran la inexplicable y rígida muralla. 

Respetaba el acero la página de Historia 
que no se escribió nunca porque faltan palabras. 

Al invierno erizado de balas y de nieve 
lo derrotó la gracia meridional de España. 






RUSIA NO ES CUESTIÓN DE UN DÍA... 45 






LAGO ILMEN 

En las orillas del limen, más concretamente en su sector occidental, 
estuvieron destacadas unas cuantas compañías de la División Azul hasta 
la gran retirada, bien entrado ya el verano de 1942. Pero la hazaña del 
lago, que ha quedado como representativa de la actuación de los volun- 
tarios españoles en aquellas "tierras", fué un episodio excepcional dentro 
de la misión de cobertura que se les había encomendado. Se trataba 
nada menos que de atravesar el limen de parte a parte para liberar un 
pequeño destacamento de alemanes que en Wswad, en la orilla opuesta, 
junto al nacimiento del río Lowat, estaba resistiendo heroicamente el 
cerco de varios millares de esquiadores siberianos. 

La batalla del invierno 41-42 — hoy ya lo sabe todo el mundo — , 
fué una enorme tragedia para las fuerzas que luchaban contra el ejército 
comunista, pero esta tragedia adquirió caracteres de una especial in- 
tensidad en el frente norte, donde el clima, siempre extremado, cobró 
tal dureza que los rusos de por allí no recordaban invierno semejante. 
Sin posibilidades maniobreras y con el coloso soviético encima, el ejér- 
cito alemán hubo de distenderse exageradamente para mantener una 
línea de hombres que hiciese frente a las continuas infiltraciones que 
en cualquier parte podían producirse, preludio, cuando tenían éxito, de 
terribles ataques en masa. Esta misión le cupo también a los divisiona- 
rios desde un frente que iba desde Laptewitch-Borki-Sergewo, donde el 
Weronda desembocaba en el lago, hasta muy cerca de Tchudowo, en la 
línea del ferrocarril Leningrado-Moscú. 

Para formar la compañía de esquiadores que debía realizar la libe- 
ración de Wswad se echó mano de gente de varias unidades; el grueso 
de ella estaba integrada por la tercera compañía divisionaria de Anti- 
tanques. No había más remedio' que atravesar el lago si se quería reali- 
zar una acción pronta, eficaz y de sorpresa, ya que, en otro caso, las 
fuerzas habrían de dar un gran rodeo, pasando por Schimsk y Staraja 
Russa para, finalmente, atacar por tierra, donde el enemigo tenía mejor 
defensa. 

Ni que decir tiene que el lago estaba completamente helado el 10 de 
enero de 1942, en que salió de Spasspiskolez la compañía de esquiado- 
res, con 205 hombres al mando del capitán Ordás. Llevaban nueve 
fusiles ametralladores, armamento ligero y víveres y municiones para 
tres días. Temperatura, 32 grados bajo cero, que llegaron en días suce- 
sivos hasta los 53. 

La travesía no pudo realizarse en línea recta porque las aguas, al 
congelarse, formaban barreras de hasta dos metros de altura y grietas 
que hacían difícil el paso de los hombres y los trineos que llevaban la 



46 JUAN EUGENIO BLANCO * 

impedimenta. Había que desviarse hasta encontrar un paso practicable, 
y esto hizo el ¡camino tres veces más largo. 

Para contar "lo del lago" no hacen falta grandes dotes de narrador 
ni el recurrir a deslumbrantes imágenes; pero, por más sencillez que se 
utilice — yo la procuro — , el episodio es tan impresionante que muy bien 
puede quedar como ejemplo de antología entre las hazañas bélicas de 
todos los tiempos. 

Cuando aún era corta la distancia que separaba de la orilla a los 
expedicionarios hubo posibilidad de reintegrar al punto de partida a los 
camaradas congelados; pero, pasadas las primeras grietas, se hizo im- 
posible la evacuación y los que sufrieron aquel percance tuvieron que 
seguir hacia la orilla opuesta, dificultando aún más, si cabe, la marcha 
con los cuidados de que había que hacerles objeto para que la conge- 
lación no se extendiese y para arrastrar los trineos o ayudar a andar a 
los que aún se tenían de pie; el día 11, en que la compañía llegó al 
pueblecito de Ustrika, tenía 102 congelados, de ellos 18 gravísimos. 

Al día siguiente los esquiadores españoles ocupaban Sadnejo, pro- 
siguiendo el camino hacia Wswad, donde la guarnición alemana seguía 
resistiendo. El día 13 los que quedaban de la compañía de esquiadores 
fueron reforzados por unos cuantos letones y alemanes. 

El día 15 el jefe del sector comunicó al de la unidad divisionaria que 
el mando, en vista de la dificultad de la operación y del oneroso tributo 
humano que representaba, había decidido renunciar al intento de la 
liberación de Wswad, a cuyos defensores se había cursado orden de que 
tratasen de romper el cerco por sus propios medios. Entonces el capitán 
Ordás insistió cerca del mando alemán; los españoles se prestaban 
voluntariamente para aquella operación y no se resignaban a la inacti- 
vidad; se les había asignado una misión que no estaba consumada y 
querían llevarla a cabo o, al menos, hacer cuanto humanamente fuese 
posible para ello. A las 5,45 el capitán español daba cuenta a nuestro 
general de lo que pasaba, terminando su radio así: "Apoyándome en 
buena situación de mis fuerzas y elevadísima moral, rogué se me con- 
cediera honor de ayudar a Wswad. Consultado general alemán aceptó", 
al que contestaba Muñoz Grande: "Confío en vuestra pericia, en vuestro 
valor y en¡ Dios". Tres días antes ya había dicho: "Hay que liberarlos 
cueste lo que cueste, aunque queden todos los nuestros sobre el hielo, 
no importa; con los que te queden, con muy pocos, tú solo si es preciso, 
seguid adelante hasta morir; todo por el heroísmo de los de Wswad; 
o se les salva o hay que morir con ellos. En nombre de la Patria gracias 
y no desfalleced. Confío en vosotros". 

El día 17 se inició el avance de los españoles, apoyados por cuarenta 
letones, ocupando varios pueblos y sufriendo duros contraataques de 
los rusos, que, con efectivos de dos batallones, antitanques y carros 



RUSIA NO ES CUESTIÓN DE UN DÍA... 47 






semipesados, causan gran número de bajas en la ya diezmada compa- 
ñía, que sigue resistiendo y avanzando. El día 19 Ordás envía este parte 
a nuestro general: "A las siete horas hoy enemigo entró en grandes 
masas en Mal Utschino, asaltando la guarnición compuesta de 23 espa- 
ñoles y 19 alemanes. El ataque fué apoyado por seis tanques. Desplegó 
resto compañía recogió cinco heridos españoles y dos alemanes. La 
enorme superioridad enemiga y apoyo de tanques nos impiden recon- 
quistar posición. La guarnición no ha capitulado; ha muerto con las 
armas en la mano. Vemos gran concentración enemiga. Esperamos ata- 
que. Sabremos morir como españoles. ¡Arriba España! ¡Viva Franco!" 
El general ¡contestó: "Como habláis vosotros sólo hablan los héroes. 
Así y sólo así se hace un imperio. Animo. Vuestra conducta es el orguijo 
de la División. Pese a todo venceréis. Hay Dios y él os dará la victoria 
porque sois! los hijos más valientes de España. Un abrazo que no será 
el último, os lo aseguro". 

Aquella noche la aviación rusa dio varias pasadas a placer, bombar- 
deando las posiciones que ocupaban los divisionarios. Y en el crepúsculo 
del siguiente día los siberianos iniciaron el asalto que creían definitivo 
para aniquilar la guarnición española, que se defendió en tal forma que 
los atacantes volvieron al punto de partida. En el fragor de la lucha 
salieron varios voluntarios para destruir los tanques, que a corta dis- 
tancia disparaban ante la impotencia de los nuestros, sin antitanques 
ni armas pesadas, utilizando procedimientos "acreditados" en nuestra 
guerra: bomba de mano y gasolina. 

Al amanecer del día 21 los supervivientes de la guarnición de Wswad 
se abrazaban con los supervivientes de la compañía española de esquia- 
dores a siete kilómetros al este de Ushin; juntos habían de atacar to- 
davía para restablecer la línea del frente, que, fracasado el intento de 
infiltración comunista, resistió sin novedad el resto del invierno. 

El día 25, de los 206 hombres de la compañía de esquiadores que- 
daban sólo 12 camaradas combatientes, su capitán incluido. Pero la 
guarnición alemana de Wswad había sido liberada. 

Cuando aún no había terminado la epopeya, el día 21 de enero, el 
general en jefe del Cuerpo de ejército alemán donde los voluntarios 
españoles habían estado encuadrados dirigió a nuestro general la si- 
guiente comunicación: 

"Señor general: En el día de su cumpleaños le expreso mis mejores 
y más sinceras felicitaciones y le deseo obtenga nuevos triunfos, al 
frente de su soberbia División, en nuestra lucha común. Aprovecho la 
oportunidad para expresarle también mi especial reconocimiento hacia 
los bravos componentes de su División que, para liberar la posición de 
Wswad, avanzaron sobre el lago limen y luego, unidos con fiel espíritu 
de camaradería con las tropas de la División..., realizaron, tanto en la 



48 JUAN EUGENIO BLANCO 



defensiva como en el ataque, gestas excepcionales. Esta empresa, de 
una auténtica camaradería, encuentra en todo el ejército las mayores 
alabanzas y justifica sienta usted y toda su división la máxima satisfac- 
ción. Deseándole a usted, mi general, y a su brava División mucha 
suerte y nuevas victorias, queda de usted..." 

Y nuestro general, todavía sin relevar los doce supervivientes de la 
compañía de esquiadores, enviaba a su capitán este mensaje: 

"Sobre las heladas aguas del lago, y gracias a la bravura y espíritu 
de sacrificio con que lo atravesasteis por liberar a los héroes de Wswad, 
ha rugido el león español. 

"En nombre del Caudillo os concedo, a ti, capitán Ordás, la Medalla 
militar, y a todos los valientes que te acompañaron la Medalla militar 
colectiva." 

A ORILLAS DEL ISÜRA 

El cuerpo del partisano ahorcado se balanceaba bajo el balcón de 
madera.de una casa de Annilovo; habían servido de cuerda dos cintu- 
rones de la Wehrmacht, en cuyas hebillas se leía Gott mit uns; al pasar 
los voluntarios de la quinta compañía frente al macabro espectáculo ce- 
saban en sus bromas joviales, mientras centelleaban sus miradas fiján- 
dolas en el brigada alemán — que auxiliado por dos prisioneros rusos 
había ejecutado la feroz represalia — , buscando una explicación que 
mitigase en algo la impresión desagradable. 

Aquella mañana del 10 de febrero amaneció para la quinta compa- 
ñía con la orden de avanzar hacia lo desconocido. Sólo una noticia; los 
rusos han roto el frente. 

Luego, el avanzar penoso por la nieve, pálida todavía la luz de la 
alborada norteña; hacía frío y los primeros tiros sonaban como si fue- 
sen de un arma de juguete. 

Un escotillón en la nieve y un descanso. Pan con mantequilla; .mor- 
tadela; espinacas en conserva, frías. La mitad del agua de las cantim- 
ploras. Inmediatamente, el avance prosigue. No se ve al enemigo, aun- 
que se le sabe inmóvil en la nieve, camuflado en blanco, tendido. 

El capitán ocupa el vértice anterior de aquel triángulo que avanza, 
erizado de fusiles, todo ansia, todo ojos.. Nadie al flanco derecho. Nadie 
al flanco izquierdo. Detrás, ya muy detrás, Annilovo. Como referencia 
intermedia, un avión derribado donde quedaban los heridos y los muer- 
tos de la compañía. Otro avión — ¿amigo, enemigo? — pasa sobre la 
indiferencia de los españoles, que continúan andando... 

El objetivo — vago — es enlazar con las fuerzas que aún resisten 
entre Krasny Bor y el Isora. Se van encontrando cadáveres de españo- 



RUSIA NO ES CUESTIÓN DE UN DÍA... 49 






les, cadáveres de rusos. En los bolsillos de éstos hay tabaco español, 
botín de las fuerzas que aplastaron la línea. 

Otro escotillón en ,1a nieve. Esta vez está ocupado por patrullas 
enemigas, que hacen fuego próximo y eficaz. El capitán apenas si ne- 
cesita dar una orden. Casi sin gritos, casi sin tiros, el escotillón cae. 
Con unos cuantos morterazos sobre él acusa el enemigo su pérdida. 

Desde allí ya no se puede avanzar erguido. Arrastrándose tampoco. 
El sargento Medina queda con su pelotón, todos muertos, a cuarenta 
metros del capitán. Este se quita las gafas para enjugarse los ojos, 
mientras los oficiales le miran interrogantes. El sabe por qué: al flanco 
derecho, nadie; al flanco izquierdo, nadie. Al frente, jos rusos. A reta- 
guardia... ¿quién sabe ya lo que hay a retaguardia? 

El capitán piensa y mira, mira y piensa. A la izquierda, a unos 500 
metros, hay una especie de barranco. ¿Será el Isora? En sus inmedia- 
ciones se combate, anque poco. Ya está; hay que llegar allí. 

De pronto, las ametralladoras del enemigo y los morteros empeza- 
ron a regar las pocas hectáreas del despliegue de la quinta compañía. 
Por detrás del barranco asomaron su hocico dos carros de combate. 
Sin moverse tiraban con rapidez sobre las zanjas de los españoles. 
El capitán; dio una orden. "¡Esperad para tirar a que se acerque la in- 
fantería!" 

Los heridos no se quejaban. El que de ellos podía se ocupaba de 
los demás. Con cada tres muertos se hacían unos singulares parape- 
tos poniendo dos a lo largo del tirador y uno atravesado al frente. Re- 
sultaban muy eficaces, sobre todo para detener la metralla de los mor^ 
terazos que hacían zumbar el aire constantemente. 

Sobrevino la crisis del combate. Los rusos avanzaban compactos, 
lentos, indiferentes... Eran, sobre la albura del terreno, con sus ca- 
muflajes blancos, como una nevada horizontal de grandes copos. Cons- 
tantes, inexorables. Era un combate con pocas voces. De cuando en 
cuando un hurra o una maldición española. El capitán lo observaba 
todo; sólo las gafas sobresalían del montoncito de nieve. Todo iba bien. 
Las ametralladoras cantaban. Una saltó hecha pedazos, pero de aquel 
rincón seguían saliendo tiros; era bastante. En otro lugar un grupo de 
siluetas se acometían. Se acordó de la frase de Suborof: "La bala es 
tonta; la bayoneta es sabia." 

Con cuidado, con destreza española, «lió el capitán un cigarrillo. 
Lo encendió y lanzó una bocanada, satisfecho. En aquel momento cayó 
a su lado sobre la zanja, muerto, un asaltante enemigo. Tenía en el 
cuerpo medio cargador de la pistola ametralladora que vibraba en ma- 
nos del teniente Miranda, situado a seis metros del capitán. 

En aquel momento el combate cambió de signo. El enemigo desistía. 

4 



60 JUAN EUGENIO BLANCO 



Entre el entusiasmo nervioso sólo el capitán, tranquilo, pensaba en el 
precio de su victoria, en la segura brevedad de su vigencia. 



♦ * 



Tres horas~ hacía que los ciento cuarenta voluntarios salieron de 
Annilovo. Media hora que el asalto ruso al trincherón fuera rechazado. 
El capitán recontó sus fuerzas. Quedaban: el teniente Miranda, herido 
en una pierna; cincuenta y dos voluntarios indemnes y once heridos 
útiles. En el reajuste del despliegue la posición había quedado perfec- 
ta. Llegó un enlace del Isora. Pedían ayuda. Eran treinta hombres al 
mando de un sargento herido. El capitán pudo mandarles una caja de 
munición y para el sargento un termo de café con leche que apareció 
en el macuto del teniente Solana, ensartado en las postrimerías del com- 
bate por la bayoneta de un gigantesco mogol. 

A la derecha de la posición apareció un campo de minas propio. 
Con algunas de ellas, los españoles organizaron rápidamente ingeniosos 
dispositivos contra los carros. Nuevas zanjas se descubrieron en la nieve. 
La seguridad de la posición era mayor, a pesar de contar sólo con 
dos tercios de los hombres que llegaron a ella. Todo iría bien si hubiese 
enlace con la retaguardia. Pero, por aquí, nada... Cada vez que en esta 
dirección mandaba ^el capitán un enlace se acordaba de los pájaros 
emisarios del arca de Noé. Uno volvió con la terrible noticia recogida 
de un fugitivo. Los rusos habían ocupado Sansonoska; era uno de los 
pocos hitos conocidos; quedaba al oeste del avión derribado. ¡Y Anni- 
loVo! ¿Sería verdad? Tiros y cañoneo se oía, sí, por aquella parte, 
pero... El capitán no conseguía creerlo. Su fría lógica le hacía pensar 
que, de ser verdad aquello, el enemigo no le hubiese atacado de fren- 
te. O ¿quién sabe? Tal vez se trataba de acciones distintas sin que 
una de ellas hubiese repercutido todavía sobre la otra... 

Con las zamarras guateadas de los muertos rusos, los palos de ca- 
milla y cajas vacías, Santemo — su ordenanza — y los de la Plana le ha- 
bían acondicionado una pequeña chabola en una grieta del trincherón. 
Ahora ya sabía el capitán que éste era un foso anticarro abandonado 
y medio cubierto por la nieve. Estaba combinado con el campo de mi- 
nas de la derecha. Eran organizaciones viejas, de tiempos anteriores 
a los españoles. De los tiempos en que aquello era el auténtico cerco 
de Leningrado. Después — entonces — se convirtió en la más heroica 
mascarada de toda la guerra del Este. El terrible cerco de la capital 
báltica era un cordón de centinelas de escasa densidad en torno a fuer- 
zas abrumadoramente superiores. Toda su historia consistía en vale- 
rosas defensas del asediante frente a los macizos golpes del asediado. 
El capitán y Miranda se metieron en la chabola. Bebieron nieve. 



RUSIA NO ES CUESTIÓN DE UN DÍA... 51 

Comieron pan y chocolate. Hablaron, ¿qué estaría pasando en Krasny 
Bor, en el Bosque Rojo? Allí estaba, a la derecha, denso, saturado de 
rumor sordo y vibrante entre los cañonazos que caían sobre él. Dos 
incendios enormes hacia su centro y multitud de fogatas en diversos 
puntos. ¿De quién sería el bosque? El capitán había querido saberlo, 
pero ello le había costado dos bajas sobre el campo de minas rasado 
por el fuego enemigo. Desistió. 

Salieron; un ruso estaba allí, a la puerta de la chabola. Tenía las 
manos en alto y decía de cuando en cuando: u Stik na sierriUa*' (''Bayo- 
neta a tierra"). Ferrol — rostro vivo, duro, ajado, de viciosillo de 
ciudad — le encañonaza los ríñones con un subfusil de tambor, botín 
reciente. Entre los voluntarios que estaban próximos a la chabola se 
destacaron Letamendi, el cocinero; Madriles, enlace, y los cinco ja- 
batos supervivientes del pelotón de asalto, con Macrino, su jefe, un 
sargento de dieciocho años, sereno y audaz como pocos. Se destacó 
una tempestad de gritos, insultos, amenazas. "¡Quietos! ¡Silencio!", ru- 
gió el capitán, que fué obedecido en el acto. Pero en la inmovilidad 
silenciosa y expectante la tempestad se. adensó; se concretó en los ojos, 
en los rictus de las caras. El odio, la ira, la venganza, el rencor, el co- 
raje... Allí delante tenían al enemigo innvsericorde; allí, personificado 
en aquel ruso pálido y gigantesco, mascullando entrecortadamente si' 
letanía: Stik na siemlia, Stik na siemlia...; alguien montó su pistola. 
"¿Acabo con él aquí, mi capitán?" El capitán preguntó a Madriles 
cómo le había cogido. 

— Se despistó, mi capitán. Medio se arrastró hasta aquí creyendo 
que erarnos rusos. Cuando se dio cuenta quiso tirar, pero ya estaba yo 
encima. Iba a cascarle, pero Santemo me dijo que se lo trajese a usted, 
para que nos diga dónde están los nuestros. - 

— ¿Y Santemo? 

— De requisa, me parece. 

— Aquí, mi capitán — se oyó una voz extraña. Por el recodo de la 
zanja llegó Santemo. Cayó de rodillas, luego se desplomó de bruces; 
Letamendi se inclinó a su lado y le reincorporó. El capitán le desgarró 
rápidamente la ropa. Tenía el pecho cubierto de sangre que borbo- 
teaba de un pequeño agujero. Sus facciones se dilataron en una horri- 
ble mueca. Era su última boqueada. 

El ambiente se espesó. Todos los ojos se clavaron en el capitán. 
El ruso comprendió que iba a morir, e hizo la señal de la cruz; ello 
bastó para que la tensión bajase muchos grados. Conservó la vida a 
pesar de que en el dramático diálogo que tuvo con el capitán, solos los 
dos dentro de la chabola, se obstinó estoicamente en no decir nada. Ya 
ñe gabariu ("Yo no hablo"). 



■ # 



52 JUAN EUGENIO BLANCO 

Al día siguiente el resto de la quinta compañía enlazó con los del 
Isora, que eran del Grupo de Exploración. A la noche fué el asalto a 
Staraya Nisa, aldeúcha que se trataba de conquistar como pivote del 
frente que permanecía entre ella y lo que aún resistía en Krasny Bor, 
para desencadenar desde allí el contraataque. 

En el asalto a Staraya Nisa sucumbieron — muertos, heridos, prisio- 
neros — los supervivientes de la quinta compañía, su capitán entre ellos. 



KRASNY BOR 

El día 10 de diciembre de 1943 iniciaron los rusos Ja mayor prepa- 
ración artillera que la División había conocido sobre el sector que los 
españoles defendían en el cerco de Leningrado. Utilizaban cañones de 
todos los calibres, desde los de costa de los barcos aprisionados en el 
hielo de la bahía de Kronstadt hasta las piezas ligeras y de acompaña- 
miento. Morteros, muchos morteros, que los rusos empleaban admira- 
blemente en forma masiva. ¡Qué bonitas eran las granadas de mortero, 
exactamente dispuestas en sus empaques como peonzas multicolores 
con su colita de juguete! Llovían sobre los divisionarios constantemente 
con susurro de paloma, en un murmullo tenaz y blando que llenaba el 
aire lechoso del amanecer septentrional. ¡Qué mortífera y obsesionante 
lluvia! Empavorecía a los pusilánimes mucho más que los rosetones de 
nieve revuelta con humo, metralla y olor de pólvira* que abrían- los ca- 
ñonazos en todas las trincheras españolas, 

Y así, horas, horas y horas. El estruendo era de tal potencia que 
provocaba el miedo físico. Las llamadas telefónicas y los radios se 
sucedían. El general, el comandante, el teniente coronel...; pero, contra 
lo que podía suponerse, la sensación era casi de alivio; por fin descan- 
saban los nervios; en los bunkers, en los puestos de mando, en los 
ojos de los centinelas, cuyo avizorar era roto de cuando en cuando por 
la sangre, la alarma angustiosa había terminado. El ataque esperado 
hacía varias semanas había llegado por fin. Esa espera del ataque es 
para el soldado español, acometedor nato, lo ¡más insufrible "de la 
guerra. 

Lo que sucedió en aquel día y los siguientes pasará a la Historia con 
el nombre de batalla de Krasny Bor — Bosque Rojo — , más rojo que 
-nunca las noches en que los incendios lo iluminaron haciendo fácil el 
tiro al blanco de los combatientes, que saltaban como demonios en aquel 
infierno de verbena. 

Los rusos, en la más formidable concentración de material y de 
hombres que habían desplegado hasta entonces, en una proporción 
abrumadora sobre los que guarnecían el sector atacado, rompieron el 



RUSIA NO ES CUESTIÓN DE UN DÍA... 53 

frente, infiltrándose con millares de hombres por los muchos lugares 
donde había solución de continuidad en el débil cordón defensivo, para 
volverse y atacar a los núcleos aislados en toda»' direcciones; pero el 
tributo humano que hubieron de satisfacer fué extremadamente oneroso, 
sin que al final pudiesen llevar a cabo su objetivo de romper el cerco, 
ya que la duración inesperada de la resistencia de los divisionarios per- 
mitió que acudiesen refuerzos estratégicos a suturar la línea, que quedó 
prácticamente como antes. Muchos divisionarios en dirección a reta- 
guardia, definitivamente relevados hacia España, volvieron voluntaria- 
mente al combate y allí quedaron para siempre. 

La rotura del frente por los rusos provocó situaciones que pudieran 
considerarse cómicas si no estuviesen implicadas en la gran tragedia de 
las bajas que hubo. Pequeños destacamentos españoles o simples gru- 
pos de divisionarios — a veces individuos aislados — (permanecieron mez- 
clados con los rusos durante el combate y lograron evadirse en medio 
de un fenomenal despiste por parte de todos. Las anécdotas no termi- 
narían nunca. Un capitán herido en la cabeza, acompañado por su 
asistente, atravesó el terreno plagado de rusos en una troika condu- 
cida por prisioneros rusos también. Los dos españoles no llevaban más 
armas que la pistola del capitán y el fusil del asistente; y llegaron a 
las líneas de nuestra retaguardia sin más contratiempo que el susto 
constante. Las "payenkas" derrocharon astucia y heroísmo, salvando 
españoles y sorteando con verdadera destreza los riesgos de la efímera 
reconquista que sus compatriotas hicieron de varios poblados. Muchos 
divisionarios deben la vida a la oportuna intervención de las payen- 
kas y al auxilio o complicidad de los paisanos en cuya casa estaban 
alojados. 

Lo desmesurado del ataque y la impotencia material de soportarlo 
dio lugar a que se suscitasen actos de rabioso heroísmo ante la masa 
de hombres y máquinas que aplastaba implacable a todo lo que se le 
ponía por delante. Un sargento, encorajinado por la actitud de un 
tanque de 52 toneladas, que pulverizaba materialmente las posiciones 
de su pelotón sin temor alguno a los disparos de antitanque, que res- 
balaban por su blindaje, sorteando las balas se encaramó al monstruo, 
haciendo estallar una mina de tierra en la torreta y pereciendo al mismo 
tiempo que aquél y sus ocupantes saltaban en pedazos. 

Eran los tiempos en que la propaganda alemana había puesto en 
circulación el tema del arma secreta; dos capitanes españoles, que ob- 
servaban la eficacia combativa de sus pocos soldados luchando a la 
bayoneta o distribuyendo con precisión granadas de pina, decían que 
no había mejor arma que "el nuevo ibérico". 

Al recuperarse una posición dos días después del ataque inicial, un 
oficial aparecía rodeado de muertos, indemne, sentado en una piedra 



L* * 



64 . JUAN EUGENIO BLANCO 

y fumando tranquilamente. Otro ganó allí una Medalla Militar, que por 
milagro pudo ponerse sobre el uniforme; arrollada su posición, tuvo la 
serenidad de hacerse el muerto y los rusos le "remataron" de un bayo- 
netazo. Pero consiguió arrastrarse hasta las líneas propias. 

Era natural que los rusos hicieran lo posible y lo imposible por que 
la golosina de Leningrado no cayese en poder del enemigo. En aquel 
sector se enfrentó la División con lo más selecto de las tropas rojas 
de choque, entre las que, ciertamente, no desmerecían por su valor unas 
docenas de comunistas españoles que estaban en la U. R. S. S. desde 
el final de nuestra Cruzada. Estoy seguro de que el Bosque Rojo es 
para los mismos rusos que por él transitaran en nuestros días un re- 
cuerdo de ejemplaridad en el combate y en la muerte que la División 
Azul dejó allí, imborrable. 



SPANISCHES KRIEGSLAZARETT 

La campaña, aparte su dureza, se hizo monótona, y sobre la inalte- 
rable línea de resistencia se sucedían los ataques cotidianos con tan 
cronométrica regularidad que uno podía prepararse para el "jaleo" al 
caer la noche o al comenzar el día, con el mismo esmero que para asis- 
tir a una ceremonia. El frente — Otenski, Possad, Nowgorod — siempre 
quedaba lo mismo, pero no eran siempre los mismos los que quedaban 
defendiendo el frente; quedaban menos cada día. Unos se iban definiti- 
vamente terminando su campaña de este mundo; una oración, un casco 
de acero sobre dos palos en cruz y una pequeña ondulación en la nieve 
era todo en este caso. Otros, que es de los que quiero hablar ahora, se 
marchaban también a otro mundo, un mundo en el que había tranvías 
y ropa limpia, música y medias de seda; eran los heridos. 

El que de nosotros, en aquellos días, no pensó en un tiro de suerte, 
que tire la primera piedra. A mí no me da vergüenza confesarlo; recuerdo 
la envidia con que asistíamos, especialmente en Possad, a la evacuación 
de algún agraciado. Mentalmente le seguíamos en su trayectoria; hos- 
pital de sangre (despiojamiento, primeros combates contra las capas 
de porquería, comida caliente y una colchoneta); después, Luga, Por- 
chow o Pleskau (vida "civil" rusa, ropa limpia, posibilidad de invertir 
los marcos almacenados, monumentales cartas a España); por último 
— si el tiro daba para tanto— Kónigsberg, Riga, Wilna (bueno, esto ya 
era una especie de paraíso). 

Cada uno elegía in mente el lugar favorito para la bala o me- 
tralla. Había quien se ofrecía incluso para fracturas de brazos o piernas; 
otros, más modestos, imaginaban sedales; algunos preferían onda ex- 
plosiva y no faltaban los que discurrían extrañas trayectorias de los 



- .-_ _. 



RUSIA NO ES CUESTIÓN DE UN DÍA... 55 



proyectiles a lo largo de su cuerpo, eso sí, sin afectar nunca a la estética; 
los balazos en la cara" eran unánimemente despreciados. 

El tiro, la bomba o la metralla llegaban la mayoría de las veces 
con efectos bien distintos (un sedal en el muslo ocasionó la muerte 
de Carbonilla, y una docena de tiros distribuidos entre los pulmones, 
brazos y cuello de Presmanes, más el de gracia mientras el ruso autor 
de la ídem le sustraía la cartera, dieron como resultado una no muy larga 
permanencia en el hospital). En cualquier caso, el primer médico que 
nos atendía colgaba de un botón de nuestra vestimenta — llamarle uni- 
forme sería una metáfora — una etiqueta parecida a la que las compa- 
ñías de aviación cualgan del asa de las maletas, que, amén de varios 
signos cabalísticos, decía Verwundet, quedando declarado con este acto 
herido de guerra. 

Había heridos metódicos y correctos que, una vez "pasaportados" 
hacia retaguardia, no se marchaban sin despedirse de sus camaradas 
más íntimos, recorriendo incluso las posiciones con riesgo a una re- 
prise. Claro que estos heridos correctos sabían indicar amablemente 
que en los lugares adonde iban los rublos y los marcos eran un mag- 
nífico medio para adquirir gran cantidad de cosas agradables. Tam- 
bién espontáneamente se les entregaban por los pesimistas las yerbó- 
nos (billetes rusos de cinco rublos con la imagen de Lenin) y los mar- 
ken, porque decían que, total, como a ellos no les servirían para na- 
da...; no pensaban así aquellos que se habían asegurado la vida por 
toda la guerra, que encargaban máquinas fotográficas, relojes y hasta 
paraguas plegables para regalos a la novia. 

Después del tránsito más o menos prolongado por los hospitales 
de campaña — comunes casi siempre a los heridos de cualquiera de los 
ejércitos que luchaban contra Rusia — el divisionario llegaba un buen 
día a cualquiera de la ciudades soñadas en el frente; Wilna, Riga, 
Kónigsberg, Berlín. La ambulancia se detenía ante un edificio — varios 
bloques con muchas ventanas — en cuya puerta se leía "Spanischcs 
Kriegslazarett" . Se entraba casi en España y uno agradecía las letras 
indicadoras. 

En el hospital, por primera vez en mucho tiempo, se podía hablar 
en español con alguna mujer, cosa que el que más y el que .menos había 
pensado muchas veces que quizá no volvería a hacer. Nuestras enfer- 
meras, casi todas ellas veteranas en la Cruzada, revalidaron en la cam- 
paña de la División Azul sus dotes de abnegación, simpatía y compe- 
tencia. También había enfermeras alemanas y de otras nacionalidades, a 
las que cuantos hemos estado con ellas debemos un agradecimiento in- 
extinguible. Magníficas muchachas también aquellas alemanas de die- 
cinueve años que cumplían su servicio social en hospitales españoles. 

Los heridos no se quejaban nunca, por muy horribles que fueran 



56 JUAN EUGENIO BLANCO 

los desgarrones en su carne ni por espeluznantes que resultasen las 
curas y operaciones. Había un prurito especial en no dar "el detalle'* 
ante los médicos, enfermeras y demás personal sanitario, sobre todo 
cuando éste no era español. Todos quedaban asombrados ante el es- 
toicismo de los divisionarios, que a veces exageraban la nota de in- 
diferencias; en Wilna se puso de moda cantar fandanguillos, y en Riga 
el "Vuela, vuela, palomita 11 durante el acto de la cura. 

Lo más admirable era la conformidad con que se aceptaban las mu- 
tilaciones; todo se tomaba a broma, y por los pasillos del hospital de 
Wilna yo he visto carreras pedestres entre los camaradas que no con- 
servaban más que un pie. Eran precisamente estos amputados los puntos 
más fuertes, animados y joviales en los "soldatenheim" y "cabarets 11 de 
aquellas poblaciones. Los permisos para salir del hospital no se prodi- 
gaban; pero, a falta de la autorización legal, se tomaba la del "coman- 
dante Tapia", exponiéndose, claro está, a entendérselas con la vigi- 
lancia. Para evitar estas escapadas en algunos hospitales — Riga — se 
recurría a recoger la ropa de los heridos, proporcionándola sólo en caso 
de paseo autorizado; ello dio lugar a que a más de un sanitario o con- 
fiado soldado alemán le desapareciese su flamante uniforme; en el 
hospital sólo quedaban algunos de los que no podían moverse; digo 
algunos, porque los más conseguían de no sé qué manera un carrito 
de inválido, o, en último caso, hasta se iban a caballito sobre la espal- 
da de otro camarada (esto lo he visto en Hoff). Sólo ellos saben cómo 
podían burlar la vigilancia del hospital y la de todas las gendarmerías; 
desde luego la alemana ya había desistido de controlarnos y bastaba 
con responder "Ich spanich" a la patrulla para que nos dejase en paz r 

Aparte del fastidio de las heridas, no se pasaba mal en los hospita- 
les. Pero cuando uno comenzaba a encontrarse bien se iniciaba también 
en la conciencia el remordimiento de estar allí. Era frecuente, cuando 
el médico aún no lo había insinuado, el pedir el alta hacia el frente, de 
donde venían cada vez en más cantidad nuevos heridos "Esto se me 
quitará por el camino." 

Al que llegaba al frente, procedente del hospital, se le recibía como 
a un marciano; de las chabolas próximas acudían los espectrales vete- 
ranos a enterarse de cómo se vivía en la civilización y a morirse de en- 
vidia ante las fotografías en las que se apreciaba al recién Degado del 
brazo de jóvenes de talle gentil y larga melena. Venían con el uniforme 
completo otra vez, incluso con la tienda de campaña y la palita. Ver- 
daderamente — y ellos lo sabían — hacían el ridículo tan bien vestidos. 

Valero, herido en Possad, llegó a Kruty procedente del hospital de 
Kónigsberg, cuando nosotros, con dos antitanques al mando del tenien- 
te Cuervo, acabábamos de pasar la tragedia y la gloria de Udarnik 
— posición intermedia — . Tan relucientes sus botas, tan bien planchada 




RUSIA NO ES CUESTIÓN DE UN DÍA... 57 

su guerrera, tan a la medida el gorro, tan pulcro y atildado, que la es- 
cena del recibimiento no terminó bien, porque Castro, implacable, exa- 
geró en sus chanzas la incompatibilidad que a su juicio existía entre 
su conjunto y la rudeza varonil que desde los guerrilleros celtíberos a 
los legionarios del Tercio habían tenido siempre los soldados españoles. 

WILNA 

Polaca hasta 1914, lituana desde 1918, ocupada por los rusos al 
comienzo de la última guerra y conquistada después por los alemanes, 
Wilna era un magnífico campo de experimentación para comprobar los 
odios raciales o nacionales a principios del año 1942. Existían entonces 
cinco sectores de diferente población: lituanos, polacos, alemanes, ru- 
sos y judíos, y cada uno de ellos, sin excepción alguna, odiaba a los 
cuatro restantes. Auténtica y para nosotros inexplicable aversión, que, 
no pudiendo exteriorizarse más ostensiblemente, se traducía en ren- 
corosas miradas, en cambios de acera para evitar la proximidad en las 
calles, en sonrisas irónicas, hasta a veces en un despectivo y más o me- 
nos disimulado escupitajo de desprecio. 

No- sé por qué extraño poder de captación o por qué congénita ecu- 
menicidad, los españoles nos llevábamos bien con todo el mundo. Para 
nosotros eran las mejores sonrisas de las aristocráticas señoritas pola- 
cas movilizadas al servicio de los "soldatenheim") las máximas defe- 
rencias de las puramente nominales autoridades civiles lituanas; la re- 
lación más afectuosa con los rusos blancos o rojos, colaboracionistas 
o prisioneros; no digamos nada de los alemanes; y hasta para nosotros 
— únicos amistosos visitantes del "Ghetto" — era la agradecida simpatía 
de los judíos. "Ich.jude; ist verboten spracherí\ nos decían las mucha- 
chas previniéndonos; pero bien pronto infringíamos con gran cordiali- 
dad las severas reglas del Ejército ocupante. 

Wilna era polaca, a pesar del cañamazo de naciones y razas que la 
historia tejía sobre su suelo. Polaco, católico y europeo era, esculpido 
en la puerta de entrada a la ciudad, el "Ave María, gratia plena", que 
tan al alma nos llegó cuando, antesala del frente, nos detuvimos allí 
unas horas en julio de 1941. Polaco y europeo, parisién más bien, 
el ambiente de sus cafés y "music-hall", que no desvirtuaban los con- 
tundentes taconazos militares. Polaco y europeo el aspecto de sus pla- 
zas, con el concierto de los días de fiesta, mientras la gente hacía 
paseos de noria alrededor del tenderete de la banda. Occidentales la 
música y el francés con que se educaba la clase media. Y europeas las 
Trykiriazy latinas que en lo alto de la montaña que dominaba la 
ciudad eran, cara al este soviético, frontera y estandarte. Caballeros 



58 JUAN EUGENIO BLANCO 



teutones la habían defendido antaño contra la horda dorada, y aún 
quedaban a orillas del Wilija ruinas de las antiguas fortalezas que cons- 
truyeran. Todo respiraba un aliento de resistencia contra la asunción 
en la desalmada estepa oriental. 

Parecerá una fantasía, pero es bien cierto que en pleno cuartel ge- 
neral de la quinta columna polaca era suficiente el escudo rojo y gualda 
sobre la manga de la guerrera para salvaguardar nuestra integridad. 
Y en la alta noche, obscura ante los bombardeos, bastaba el* acompañar 
nuestros paseos retumbando en las calles solitarias con canciones que 
inconfundiblemente eran españolas para saber que la bala por la espalda 
o la bomba desde el tejado o la ventana, tan corrientes, no llegarían a 
ser disparadas. 

No en vano los domingos escapábamos del "Wehrmacht Gottdiens- 
telle" y nos desparramábamos por las iglesias de la ciudad, donde, 
codo a codo con la población polaca, oíamos la misa, mientras idén- 
ticos rosarios desgranaban sus manos y las nuestras. Y si algunos uni- 
formes militares acompañaban las devotas procesiones, quizá por la 
liberación, en las narices de los ocupantes, eran de soldados españoles. 

Marías Walewskas de nuestros románticos enamoramientos, Irmas, 
Marysias, Vandas. Salía a relucir todo el Chopin que sabíamos, y se 
barajaban Valldemosa y Varsovia, Kosciusko y el alcalde de Móstoles, 
Adam Mickiewicz y Miguel de Cervantes. Wilna era casi una ciudad 
española, con novias y madres llorando en la estación, con las manos 
femeninas bordando flechas para nuestras camisas y con cartas que des- 
de allí llegaban al frente preguntando cuándo terminaría la guerra, Re- 
sultaba bonito todo aquello, pero la guerra es implacable y fatal; da pena 
pensar qué habrá sido de aquellas pobres gentes que tan entrañable- 
mente se entendieron con nosotros, que eran, frente al torvo comunis- 
mo, avanzadilla del espíritu y de cuanto amable tiene la vida, caídas 
bajo la espuela de los bárbaros modernos. 

Vilniuje o Viiniaus para rusos y lituanos; Wilna para los alemanes 
y para las geografías del Bachillerato; Wilna para los polacos, en ella 
hemos dejado, en el mismo suelo donde se encuentra el corazón del 
mariscal Pilsudski — que en tiempos salvó a su patria del comunis- 
mo — , los cuerpos de varios camaradas que llegaron al hospital heridos 
de muerte. Yo sé que sobre sus tumbas, igual que en aquellos años ya 
tan lejanos, dejarán flores manos femeninas, símbolo de tanto como 
Polonia tiene de común con nosotros por encima y a despecho de las 
distancias* y de la guerra. 



I 



RUSIA NO ES CUESTIÓN DE UN DÍA... f>9 



LA RACIÓN DE HIERRO 

Hambre, lo que se dice hambre, no pasamos más que en los días 
del asedio de Possad, cuando el suministro era casi imposible, tanto 
por la dificultad del transporte en la retaguardia — los coches enterrados 
en la nieve, la gasolina helada — como por la problemática llegada de 
los víveres desde Schewelewo hasta el Monasterio y desde aquí hasta 
Possad. 

Menos mal que en los primeros días pudieron almacenarse bastan- 
tes bloques de pan, de aquel pan por ei que no pasaba el tiempo y 
que, cada vez en menor cantidad, fué la base de nuestra alimentación 
— untado con margarina — hasta que dejamos aquel infierno. 

Al principio nos defendíamos descubriendo los yacimientos de pa- 
tatas, que bien pronto se agotaron. También — por lo menos a mi pie- 
za — nos alivió algo un caballo muerto, regordete él, de cuyos cuartos 
traseros fuimos sacando hermosos filetes hasta dar en hueso. La carne 
era auténtica carne congelada y se conservaba estupendamente, quizá 
demasiado bien, porque estaba muy endurecida para cortarla y había 
que esculpir el bistec con el machete. 

Los habitantes de toda la Rusia que visitó Ja División tienen gran 
predilección por los pepinos. El método de conservación no puede ser 
más sencillo: consiste en dejarlos en agua, que se hiela en cuanto 
aparecen los primeros fríos, y de allí se van sacando a medida que se 
consumen. Esos recipientes son barriles ordinarios. Los pepinos tam- 
bién nos ayudaron bastante a distraer el hambre en Possad. 

Cuando llegaba algún camarada con suministro — tres o cuatro ve- 
ces aparecieron allí Fernández de Córdoba y Vilaplana con sus moto- 
cicletas — los gritos de alegría se oían en todo el frente y de cada posi- 
ción iba un enviado especial a recoger lo que le tocaba. Venían cosas 
ligeras: chocolate, caramelos, queso. Conservábamos nuestra ración 
como oro en paño y la comíamos como los niños pequeños o como Car- 
los de Luna dice que lo hacía el Piyayo: despacito, saboreándolo mu- 
cho para que durase. 

Un día estuvo a punto de estallar un conflicto entre las piezas de 
Patino y de Gestoso. Por un despiste de esos tan normales en la gue- 
rra no se nos avisó para que acudiésemos al reparto, y nuestra alícuota 
de una lata de carne en conserva que había llegado se la llevo — en 
depósito— la pieza de Gestoso. En distancia nos separaban sólo unos 
ciento cincuenta metros, pero pasábamos días y días sin vernos, primero 
porque no estábamos con ganas de dar el paseo de una pieza a otra, 
que había que hacer con la barbilla en tierra a cada momento, y segun- 
do porque el escaso tiempo en que no había tomate o le tocaba a uno 



60 JUAN EUGENIO BLANCO 



de guardia lo aprovechaba para estar adormilado — dormir nunca — en 
las más inverosímiles posturas. Pero cuando nos enteramos, a los tres 
días del suceso, que los de Gestoso tenían nuestra ración — así como 
medio kilo para seis personas — no dudamos un momento y, dada la 
importancia del asunto, salimos Castro y yo por ella. 

Con las consabidas molestias pudimos llegar hasta la posición en 
que Gestoso y sus muchachos estaban destacados; no disimularon su 
alegría al saludarnos, pero nosotros vimos con desconsuelo que tenían 
una cara de "culpables", que tiraba para atrás. Trataban de distraer- 
nos contándonos cosas del último ataque; Gestoso, al que habían atra- 
vesado el capote tres balazos, nos enseñó los nuevos muertos que, día 
a día, iban haciendo un festón entre el antitanque y la línea del bosque. 
Pero nosotros no teníamos más que una preocupación. 
— ¿Y la carne? 

— ¿Qué carne? — contestaba el sargento, con la clásica contrapre- 
gunta gallega para ganar tiempo (Ferrer se hacía el dormido y volvía 
la cabeza para no vernos). 

— ¿Qué carne va a ser? La que trajo Tono hace tres días. 
— ¿Hace tres días? 

— Venga, no haceros el loco. ¿Dónde está la carne? 
Todavía tuvieron el cinismo de preguntar si veníamos borrachos. 
Vimos en el suelo la lata, el cuerpo del delito y entonces empezamos a 
insultar a los dormidos y a los despiertos con esos epítetos que sólo 
se toleran en la guerra. A todo esto cuajó un tiroteo que no prometía 
nada bueno y nos volvimos con un humor de perros a la chabola. Ade- 
más, en la discusión habían salido a relucir viejas historias de cuando 
a Patino, nuestro sargento, le tocaba repartir ¿n Nueva Miniza, acha- 
cándonos de que llevábamos la mejor parte..., lo que era verdad. Y to- 
davía se mostraron dolidos de que no apreciásemos su gesto de haber 
resistido dos días sin comer la carne; como no íbamos "creyeron" que 
había alguna confusión y les había tocado de más. En fin, aseguraban 
con una sonrisa repugnante que la carne estaba estupenda y aludieron 
al lema que Patino, en parecidas circunstancias, había adoptado de 
bromas o veras: "El dinero, como hermanos; el pan, como lobos". 

i Cómo nos acordábamos del tocinazo de Grafenworh, de las gallinas 
de Piedzanka, de la ración de hierro frivolamente consumida! En el 
campamento nos daban platos de legumbres con unos trozos de toci- 
no que no se los saltaba un torero y que ya llegaron a cargarnos; en 
la pequeña aldea polaca de Piedzanka, adonde llegamos millonarios 
de la divisa sacarina, comíamos con los ojos y algún pollo a medio asar 
fué enterrado entero como el cadáver de nuestra gula. Lo de la ración de 
hierro merece contarse despacio. 

Entre las muchas cosas raras de que nos equiparon los alemanes 



RUSIA NO ES CUESTIÓN DE UN DÍA... 61 

en Grafenwórh — algunas tardamos varios días en saber para qué eran — 
nos extrañaron unas bolsitas blancas que parecían tener dentro unas 
gruesas fichas de dominó, y una latita de conservas. Era la "ración 
de hierro". No debía tocarse más que en momentos de extremo apuro, 
en caso de cerco y como último recurso para no perecer de inanición 
La bolsa contenía unas galletas de harina concentrada, con vitaminas, 
calorías y no sé qué más cosas, y la lata carne concentrada también, 
claro. Nuestros oficiales estuvieron elocuentes cuando resaltaron 'la 
necesidad de conservar hasta el máximo la ración de hierro; para con- 
sumirla hacía falta una autorización expresa del alto mando. Cuando 
se liberó a los heroicos defensores de Narwik, una demostración de 
su magnífico espíritu fué que no habían tocado la ración de hierro. 

Llevábamos unos días de marcha hacia el frente cuando empezó a 
circular por la compañía el rumor de que las galletas de la ración de 
hierro estaban imponentes con el chocolate y que la carne sabía de 
miedo mezclándola con patatas cocidas y rehogadas en mantequilla. 
Una especie de vesania colectiva nos sacudió y las bolsitas blancas 
fueron bárbaramente violadas y abiertas, mientras horribles macheta- 
zos destapaban las frágiles latitas. Todo esto en el más riguroso se- 
creto, celebrando una especie de comidas "negras", donde el remordi- 
miento de ¡conciencia estaba en razón directa con el regodeo del es- 
tómago. 

Creo que no llegaron a una docena las raciones de hierro que no 
sucumbieron en la primera razzia. Unidos en la responsabilidad, nos 
preocupaban mucho los esquiroles, y no tardamos en ir localizando, 
uno por uno, a los que "todavía" no se la habían comido, que eran se- 
veramente juzgados y no sabían cómo disculparse. 

Pero llegó la hora trágica. Fué en Oszmiana donde nos anunciaron 
que se iba a pasar revista y que entre las cosas que había que pre- 
sentar en perfecto estado figuraba la dichosa ración de hierro. Hubo 
una oleada de pánico y hasta proyectos de asalto a intendencias aje- 
nas. Al final, nos alineábamos sin ella, en un ambiente de gran expec- 
tación. Si alguno la tenía todavía, no se atrevió a presentarla para no 
estropear aquel no muy meritorio "Fuenteovejuna". 

Se celebró la revista en la forma de costumbre. No se nos dijo nada, 
a pesar de que la ración de hierro brillaba escandalosamente por su 
ausencia. Rompimos filas alegremente y un poco fanfarrones; al no ha- 
ber pasado nada, había quien aseguraba sin recato que la ración de 
los oficiales también había desaparecido. Es un misterio que nunca 
pudimos averiguar; pero, de todas formas, ellos nos estuvieron amar- 
gando la vida con el "Ya os acordaréis de la ración de hierro". ¡Y vaya 
si nos acordamos! 

En cambio, cuando nos dieron unas bolsitas con caramelos de fuer- 



62 JUAN EUGENIO BLANCO 



te sabor a frutas hubo algunos camaradas a quien no había manera 
de hacérselos comer, y tuvieron que intervenir los oficiales para re- 
comendar su ingestión. Se había propalado el rumor, que algunos acep- 
taban como artículo de fe, de que aquellos caramelos eran enervantes 
o antiafrodisíacos (bueno, la gente lo decía de otra forma que ésta a 
que yo recurro). Y cuando faltaban aún tantos kilómetros para llegar 
al frente, decían los desconfiados: "¡ Cualquiera se los tomaba!" 



EL FRÍO 

Yo creo que, pasando de los 25° bajo cero, ya da todo igual; al 
menos no pude advertir en mi frío ni en el de .mis camaradas diferen- 
ciación alguna de matices cuando el termómetro descendía de aquella 
cifra. 

No sé cómo puede explicarse el frío que pasamos en Rusia, porque 
la frase "Un frío de espanto" la escuchamos — y la pronunciamos — en 
cuanto una ligera brisa nos hace subir el cuello de la gabardina en 
un desapacible día de octubre. Por eso, mejor que buscar adjetivos, 
que siempre en este caso resultan pobremente calificativos, pretiero, 
para dar idea de aquel frío, recordar alguna de sus consecuencias. 

Todos hemos leído con fruición hace — ¡ay! — bastantes años algún 
U T B O" en el que un pescador introducía su caña en el círculo abier- 
to con sierra o pico en la superficie helada de algún río. A aquel pes- 
cador podían sucederle las cosas más heterogéneas, pero nos hemos 
olvidado de ellas; queda, en cambio, nítido en nuestra memoria el 
perfecto borde de la circunferencia, la tapadera de agua sólida al lado 
y el sedal del pescador sumergido en el misterio de la vida submari- 
na. ¿A quién no le hubiera gustado ser protagonista de esta escena? 
Pues eso fué uno de los placeres que nos proporcionó la campaña de 
invierno. Muchos de nosotros ya hemos perdido — por realizada — la 
ilusión de hacer un agujero en el hielo y advertir cómo bulle la vida 
bajo la pétrea e inmóvil blancura. Aunque no buscáramos, como en las 
ilustraciones de los cuentos, peces, zapatos, anzuelos de otros pesca- 
lores próximos o ballenas que no cupiesen por el agujero, sino, simple- 
mente, agua. Agua que había que estar removiendo constantemente, 
pues se nos endurecía al más pequeño descuido. Sobre el limen los 
termómetros llegaron a alcanzar, los 53 grados bajo cero. 

En las guardias, a pesar de los cuatro pares de calcetines, de las 
botas normales y de las "katiuskas" de fieltro, los pies se quedaban 
helados y era un asco, porque, cuando los puestos eran en lugares de 
consciente peligro, como no había más remedio que estar golpeando 






RUSIA NO ES CUESTIÓN DE UN DÍA... 03 

los pies continuamente contra el suelo, a uno le parecía que aquello era 
un estúpido tantán para orientar al enemigo, que en Ja imaginación del 
escucha ganaba muchos peldaños en sagacidad, astucia y capacidad de 
"camuflaje". 

Cuando había jaleo podían seguirse dos actitudes; una, combatir 
"con los guantes puestos"; las armas se manejaban con torpeza, el 
dedo se metía difícilmente hacia el gatillo y los "ratones" de las pe- 
queñas averías era imposible cazarlos. Eso sí, las manos no se que- 
daban heladas, que era lo que sucedía si se quitaba uno los guantes; 
en este caso se experimentaba una quemadura "escocesa" que empeza- 
ba con la producida por el frío hasta llegar a la del recalentamiento del 
metal por los disparos. 

Si la vista se quedaba fija unos instantes, al cerrar los ojos se no- 
taba cómo los párpados rompían la película de hielo lacrimal y en la 
pestaña superior se formaba una pequeña marquesina blanca. La se- 
creción que inconscientemente "estalactitaba" nuestras narices se qui- 
taba mucho mejur con un movimiento combinado de pulgar e índice 
que con un pañuelo. 

En las marchas, cuando uno echaba mano de la cantimplora para 
mitigar la sed, se encontraba al empinarla con un sonido desagradable 
de maraca de aluminio. El agua se había helado dentro, y no era cosa 
de pararse para hacer una hoguerita y deshelarla. Había que confor- 
marse con chupar trocitos de hielo o, en los primeros meses del invier- 
no, en que la nieve aún estaba esponjosa, con bebería a puñados. 
Pero esto era como el algodón dulzófilo que venden en las verbenas 
que no nos alivia — a los golosos — de nuestras ganas de dulce sólido. 

El pan, al helarse, resistía al cuchillo o la navaja — incluso al ma- 
chete — como si fuera turrón de Alicante. Las dos partes de la mante- 
quillera quedaban unidas como por soldadura autógena. El vino y el 
champaña que nos llegaban generosamente podíamos distribuirlos a 
medio kilo por persona, no sin antes desprender de las raciones los 
trozos de cristal roto que habían quedado adheridos. Con el café con- 
centrado y la leche condensada era bien fácil hacer pastillas de café 
con leche mucho más sólidas que las que había antes de la guerra en 
España. (¿Qué ha sido de los caramelos de café con leche?) Todo lo 
endurecía y petrificaba el frío, y era imposible comer sin calentar mu- 
chos manjares de los que ordinariamente no ven el fuego en su vida. 

Combatíamos el frío en la forma más elemental y eficaz; encen- 
diendo hogueras y manteniendo constantemente al rojo las estufas que 
improvisábamos; consumíamos cantidades ingentes de leña, que ha- 
bía que reunir trabajosamente; en Troitzkaja, frente al cementerio de 
Novvgorod, habíamos dispuesto que, al regresar de la guardia, nadie 
podía entrar en la chabola sin presentarse con un tronco o un tablón. 



64 JUAN EUGENIO BLANCO 



Así fueron sucumbiendo las paredes y el techo del pabellón que en el 
koljós de aquel lugar se destinaba para guardar tractores, arados y 
aperos de labranza. No era fácil el desgajar los tablones, fuertemente 
sujetos entre sí con gruesos clavos, y, como se salía bastante cansado 
de la guardia, hubo quien recurrió al bonito truco de saltar en las ta- 
blas ya almacenadas ante la chabola, dando la sensación de que de- 
positaba la suya; en vista de ello hubo que hacer guardia también 
para ver si los que terminaban la guardia traían su correspondiente 
leño. 

Otra ventaja fué la absoluta falta de hedores. Los cadáveres que- 
daban perfectamente conservados en su actitud del último segundo. 
Cuando Jas heridas habían causado mutilaciones o profundos desga- 
rros, quedaban los cuerpos hasta que los podíamos enterrar— a algu- 
nos, en Possad, no pudimos enterrarlos nunca — enseñando su interna 
anatomía, perfectamente constantes y vivos los colores de los huesos 
la carne y la sangre; recordaban Jas láminas del Testut. 

Los alimentos no se estropeaban nunca. Comida dejada en las mar- 
mitas durante los primeros días de noviembre servía un mes después, 
cuando la encontrábamos en la tierra de nadie o en una posición re- 
cuperada, para paliar nuestro hambre. 

Quienes resistían prodigiosamente los efectos del frío eran esos pe- 
queños insectos compañeros del soldado en todas las campañas; ¡qué 
vitahdad! Algún ingenuo creyó que tantos grados bajo cero podrían 
servir como medio aséptico, y sepultó entre bloques de hielo su ca- 
miseta, sus calcetines o cualquier otra prenda. Al recogerla varios días 
después, rígida como si fuera de ;cartón piedra, sus moradores pasea- 
ban impertérritos— aunque un poco más delgados— por los resquicios y 
los pliegues de siempre. 

Los rusos adoptaban para preservarse del frío toda clase de pre- 
cauciones; para andar unos metros de una a otra isba se vestían como 
si fuesen a ir hasta el mismísimo polo. Los niños parecían bolitas de 
trapo entre tantos guateados, guantes, pasamontañas y fieltros; el efec- 
to era más apreciable cuando se les contemplaba deslizándose con envi- 
diable destreza por la superficie helada del Wolchow. En cuanto a las 
jóvenes, sólo la cara podría dar lugar a algún piropo poliglota. 

Aquellas buenas gentes se persignaban cuando veían salir en pleno 
enero, desnudo de cintura para arriba, a un divisionario dispuesto al 
aseo matinal, restregándose con la nieve recién caída; pero esto no se 
compaginaba muy bien con las placas de hielo amarillo que iban engro- 
sando en el umbral de la puerta de la isba hasta impedir su manejo. 
Entonces, en vergonzoso turno, había que purgar, picando, la incon- 
fesable y clandestina pereza. 

Y me falta anotar el efecto más divulgado del extremo frío; esa es- 



RUSIA NO ES CUESTIÓN DE UN DÍA... 65 

pecie de cretinismo inerte que se apodera de nosotros al borde de la 
congelación. Existe tal como lo describen en los novelas. Sirva de 
ejemplo el caso de Ferrer cuando yo lo llevaba medio a cuestas ha- 
cia una ambulancia. Entre lo que pesaba 61 y mi poca fuerza resulta 
que se caía cada diez metros; costaba enorme esfuerzo levantarlo; 
mientras trataba de hacerlo, él, que no contribuía mucho a tal fin, me 
decía con insistencia de borracho que Jo dejase allí, "descansando" 
sobre la nieve, Y, por su gusto, así se hubiera quedado, tan tranquilo, 
cuando ya llevaba varias horas desangrándose y con las extremidades 
congeladas. Se hubiera acostado, tan feliz y sonriente, en su último 
lecho. 



LILI MARLEN Y KATIUSHA 

La letra de Lili Manen es de Hans Leip y la música de Norbert 
Schultze. Vayan estos datos para la pequeña historia que quizá no 
hubiese llegado a ser escrita si Lale Andersen no hace popular la 
cancioncilla desde los micrófonos de Radio Belgrado. Hoy se sabe en 
todo el mundo. En plena guerra mundial era cantada ya por los comr 
batientes aliados. Nosotros la adoptamos en seguida y le pusimos 
esta letra: 

Al salir de España sola se quedó, 
llorando mi marcha, la niña de mi amor. 
Y cuando partía el tren de allí 
le dijo así mi corazón: 
"Me voy pensando en ti, adiós, Lili Marlen". 

Aunque la distancia vive entre los dos, 
yo siempre me acuerdo de tu claro sol. 
Pues cuando tu carta llega a mí 
se alegra así mi corazón, 
pues sólo pienso en ti, soñando con tu amor. 

Cuando vuelva a España con mi División 
llenará de flores mi niña su balcón, 
y yo seré entonces tan feliz 
que no sabré más que decir: 
"Mi amor, Lili Marlen, mi amor es para ti". 

El nombre que simbolizaba el de tantas muchachas que efectiva- 
mente se habían quedado llorando no era muy evocador que digamos; 
a pesar de ello polarizó nuestra nostalgia afectiva y cuando cantaba- 



66 JUAN EUGENIO BLANCO 

mos Lili Marlen en serio lo hacíamos con una especial gravedad, 
marcando con fuerza las últimas sílabas de los versos y perdiendo, 
por una vez, el tan decantado individualismo de los españoles para 
procurar una armónica fusión de las voces. 

Pero a las pocas semanas de estar en el frente de Rusia, una peli- 
grosa rival comenzó a compartir con "Lili Marlem" nuestras prefe- 
rencias corales. Era Katiusha, una canción popular en todas las Ru- 
sias, que nosotros conocimos a través de los prisioneros y de la po- 
blación civil. Se cantaba ya mucho antes de que Lenin y Stalin se 
les ocurriera soñar con la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. 
Su música es una agradable mezcla de fortaleza y languidez; cuando 
la escuchábamos nos dimos cuenta de que nada tenía que ver con la 
basura comunista, a pesar de lo cual los alemanes habían prohibido 
que se cantase, no a nosotros, naturalmente, sino a la población rusa, 
que nos decía, asustada: "Ist verboten" cuando lo hacíamos a gran- 
des voces, pero que después se aprovechaba de la inmunidad que les 
proporcionábamos para unir sus voces a las nuestras. 

Rusia tiene un encanto difícil de explicar, pero hay algo en su 
tierra, en sus hombres y mujeres, en sus costumbres, que seduce fuer- 
temente. Y no hago al decir esto ningún descubrimiento, sino repetir 
lo que muchos observadores ilustres y sagaces han proclamado. Nos- 
otros no fuimos insensibles a esa seducción y nos era bien fácil en- 
tonces, y ahora al recordarlo, separar "in mente" toda la porquería 
comunista del verdadero espíritu de aquel país, al menos en la parte 
que conocimos. Katiusha nos servía admirablemente para expresar 
todo cuanto no sabíamos decir y, al mismo tiempo — era irremedia- 
blemente una canción de amor — , para asociar nuestra simpatía ha- 
cia Rusia con el lacerante recuerdo de quienes nos esperaban en 
nuestra Patria. Asimilamos Katiusha desde el primer momento; sa- 
bíamos eufónicamente su letra en ruso y en ruso la cantábamos. Aun 
ahora, no hay sobremesa divisionaria — ¿Por qué no nos reunimos 
algún día para recordar algunas cosas que se nos van olvidando? — 
en que las notas de Katiusha no salgan a relucir. 

Algún poeta aficionado que merecía la horca destrozó la canción 
poniéndole una letra Sorozábal, que empezaba así: 

"Era Katiusha una mujer divina 
hija de un gallardo oficial del zar." 

Afortunadamente no cuajó entre los divisionarios; seguimos res- 
petando su auténtica letra, cuyos primeros versos, literalmente tradu- 
cidos, dicen: 



I 



RUSIA NO ES CUESTIÓN DE UN DÍA... 67 



"Florecían manzanos y perales, 
navegaban las brumas por el río. 
Subiste a la ribera, Katiusha, 
sobre la alta ribera, hasta las rocas. 

• 

''Continué la canción comenzada 
por águila de estepa. 
Para ella, a quien amaba; 
por ella, a quien mis cantos escribía." 

No quiero hablar de las auténticas "Katiushas" que en Rusia que- 
daban. Muy pocas, claro, porque hacen falta muchas cosas y muy difí- 
ciles de sostener en aquel "ambiente" para que una mujer se quede 
milagrosamente cristiana y humana, espiritual. Pero- más de un divisio- 
nario que tuvo la fortuna o la desgracia de encontrarla fué protagonista 
de una novela de amor que aún hoy dejará en su recuerdo un sabor 
agridulce. 

Lili Manen y Katiuska, evocación, para nosotros, de las mucha- 
chas rusas y alemanas, pero que también, en culpable heterodoxia, nos 
servían para añorar, a tantos kilómetros de distancia, tantas Cármenes, 
Amparos, Mercedes... 

ENRIQUE SOTOMAYOR 

El recuerdo de Enrique Sotomayor está latente siempre en nuestra 
memoria y cada aniversario de su muerte aviva con su actualidad inelu- 
dible el dolor que su ausencia produce. 

Parece que le estamos viendo con su sonrisa de niño bueno y su 
seráfico aspecto, que era lo más opuesto al que pueda imaginarse de 
un hombre de acción. 

Y, sin embargo, a despecho de la inutilidad oficial que su gran mio- 
pía le deparaba, Enrique Sotomayor sabía ya del olor de la pólvora 
y el ruido de las descargas. En nuestra guerra, por sus obligados aleja- 
mientos del frente, alternaba la labor directriz, y normativa de la reta- 
guardia con el combate directo ante el enemigo. Y eran siempre ejem- 
plares o eficaces sus servicios en la Prensa, en el S. E. U. o en la ban- 
dera de Marruecos. 

No podía faltar Sotomayor a la primera empresa de patente destino 
universal que 'le cupo a la Falange, y se alistó con los primeros en «la 
lucha efectiva contra el comunismo, en la que la División Azul iba a 
ser vanguardia. 

Murió un día 5 de diciembre, en la inverosímil defensa que los es- 



68 JUAN EUGENIO BLANCO 

pañoles hicieron de una posición que era legendaria en todo el frente 
de Leningrado a Nowgorod. Cayó al lado de otro gran camarada, Enri- 
que Ruiz Vernacci, el segundo de ¡os hermanos elegidos, cuyo cadáver 
intentó recoger. 

Enrique Sotomayot era el primer voluntario para los sitios de ma 1 - 
yor peligro o sacrificio. Recordamos un detalle entre muchos. En oca- 
sión de una marcha-reconocimiento, su compañía se encuentra ante un 
río de doscientos metros de ancho, cuya corriente habrá que atravesar. 
En la margen opuesta se ven barcazas que pueden solucionar el paso. 
El frío hace marcar el termómetro unas docenas de grados bajo cero. 
Sotomayor, sin vacilar un momento, se desnuda y con una bomba de 
mano y una cantimplora de vodka que le reanime en la travesía pasa 
el primero la corriente. 

En aquel glorioso infierno de Possad, Sotomayor no aceptó nunca 
su relevo. Cambiando de sección a sección, en aquella que estaba más 
en la avanzada de la primera línea, su conducta era estímulo y ejemplo, 
y era su fortaleza moral inquebrantable. 

En las horas de descanso, junto a la hoguera o al lado de la estufa 
en algún alojamiento, él nos entretenía con sus interesantes narraciones. 
Y era unas, veces la conversación sobre temas literarios y otras la na- 
rración de cuentos de ambiente vasco. ¡Con qué gracia fluida sabía ha- 
cerlo, imitando el hablar de los casheros! 

Enrique Sotomayor era unánimemente querido de sus camaradas, y 
con su muerte todos sentimos que nos faltaba algo que no se px>día 
reemplazar. Nos consuela saber que está en el puesto que para sí anhe- 
laba y que ya su "ardorosa impaciencia" no tiene objeto, al haber 
realizado el supremo acto de servicio. 

Nos lo había dicho una noche a orillas del Beresina, hecho silencio 
el campamento, abierta el alma bajo el frío cielo estrellado para recibi/ 
una vez más las consignas de la Falange. Ante los camaradas reunidos 
para escucharle, alrededor de una gran hoguera, Sotomayor terminó 
sus palabras con esta frase: "Camaradas: Así, sin falsas retóricas que 
a nadie agradan, .muchos de los que aquí estamos hemos de morir en el 
frente. Si nuestro sacrificio es estéril y después de esto tenemos que ver 
una España débil o rota, bien venido sea el tránsito que nos libra de 
asistir a ese trance vergonzoso; y si, poi< el contrario, nuestro esfuerzo 
da su fruto, ¡bendita mil veces esa muerte que hará posible que impere 
sobre nuestra Patria la alegría roja y negra de la Revolución triunfante!" 



RUSIA NO ES CUESTIÓN DE UN DÍA... 69 



PEDAGOGÍA soviética 

La primera preocupación, en lo moral, de los dirigentes soviéticos, 
después de su triunfo, fué el suprimir por completo la idea de Dios 
y de Religión; pero sus esfuerzos se estrellaron en las generaciones ya 
formadas, que nunca llegaron a olvidar por completo las viejas doctri- 
nas recibidas y se resistían a entregar los iconos, ante los cuales habían 
orado sus padres y abuelos, a las llamas de la gran hoguera del ateísmo 
que oficialmente se comenzaba a encender. Es una maravillosa muestra 
de la supervivencia del ideal cristiano el que aún hoy, a los veinticinco 
años de propaganda antirreligiosa activísima y con derroche de medios, 
sea mayor el número de hogares en que se conserva una lamparilla cons- 
tantemente encendida ante la imagen de la Virgen de Kazan, San Sergio 
o San Nicolás, que las que decoran sus habitaciones con retratos de 
Stalin o de cualquier otro "mariscal" soviético. En esto se equivocaron 
los Soviets. Si bien suprimieron absolutamente el culto oficial y desarti- 
cularon prácticamente la organización jerárquica de la Iglesia ortodoxa, 
no prohibieron — ¿miedo, quizá? — el tradicional culto familiar a las imá- 
genes (aunque no perdían ocasión de ridiculizarlo o perseguirlo), con- 
fiando en que desapareciese espontáneamente. 

Ante la inutilidad de sus campañas entre ,1a población, que con in- 
diferencia eslava contempló un día alzarse sobre el Kremlin las bande- 
ras de la hoz y el martillo, la lucha antirreligiosa — más bien antiespiri- 
tual — se orientó en la educación de la juventud. Serían las nuevas ge- 
neraciones totalmente formadas en doctrina comunistas las que disipa- 
rían el "sueño" provocado por el "opio de los pueblos". 

Había que crear un ideal nuevo, una mística inédita: los hombres 
no se mueven hablándoles sólo de tractores y koljoses, de toneladas 
de carbón y de ejércitos sin posibles batallas. Y los Soviets crearon la 
mística del odio, el ideal de la destrucción ante las civilizaciones secu- 
lares. El mundo no era más que un conjunto de explotados y explota- 
dores. Había que eliminar a los explotadores, como ya se había hecho 
en Rusia. Pero quedaba mucha gente que "liberar", gimiendo todavía 
bajo las garras de la opresión burguesa. Rusia era la aurora de una 
civilización expansiva, la nación que impondría su credo al universo, 
el corazón rector de la Unión Mundial de Repúblicas Socialistas Sovié- 
ticas. Era necesario arrasar en sus cimientos las viejas concepciones 
de la vida, para que no fuera posible la reacción. Hacía falta para esto 
el gran Ejército Rojo liberador. Había que hacerse fuerte para luchar 
contra el mundo entero. 

Sobraba Dios: era un pretexto de los otros el escudarse en argu- 
mentos espirituales de una justicia posterior a la muerte, de un con- 



muy 



70 JUAN EUGENIO BLANCO _____ 

suelo esperanzado ante la desgracia terrena que podía engendrar una 
resignación negativa; nada había que esperar de unas leyes que acon- 
sejan perdonar al que ofende y aseguran que hay otra vida, la de la 
justicia reparadora y suprema, de la cual ésta no es más que un breve 
tránsito. El odio, engendrado por la envidia a los que Ja vida ha situa- 
do en una posición privilegiada, era el leit-motiv de la propaganda 
roja. Y el odio era un pecado capital en la religión cristiana. 

Los rusos inician sus planes de enseñanza suprimiendo casi total- 
mente ia anterior pedagogía. De los libros de Historia, Religión y Arte, 
apenas se salva alguno. En Literatura dejan, "tolerándolos", los gran- 
des escritores clásicos, pero sin que sus obras se reeditasen, excepto 
las de Dostoieski, Pushkin y algún otro. 

Empieza la educación satánica, para la destrucción y el odio, desde 
los libros que enseñan las primeras letras. La unificación de textos es- 
colares es un hecho desde el primer momento. Se intensifica enorme- 
mente la enseñanza de las matemáticas, extinguiéndose casi las de 
Arte y Literatura y falseándose descaradamente la Historia Universal. 

Complemento eficaz de la educación escolar es la propaganda por 
medio de folletos y carteles, películas y Prensa. 

En el texto standard de primeras letras se inicia a la infancia en 
el .militarismo agresivo, y las ilustraciones son, en muchas ocasiones, 
sobre temas bélicos; se 'lee; "Iván es hoy un pionero. Mañana será un 
soldado del Ejército Rojo". 

En su página 92 dice, al pie de un retrato de Lenin: "Los niños vi- 
ven encantados en el país de los Soviets. ¿Quién ha hecho agradable 
nuestra vida? ¿Quién ha hecho feliz a nuestra Patria? Ei partido bol- 
chevique, el partido de Lenin y Stalin". Y en la siguiente página dice 
de Stalin que es el "caudillo y maestro del pueblo de la U. R. S. S. y 
de los trabajadores de todo el mundo, que no le olvidan y le aman ca- 
lurosamente". 

Asombra el cinismo con que se infiltra en las mentes infantiles la 
gran mentira histórica. Felices los niños en el país, que según estadís- 
ticas oficiales, había en 1932 más de 300.000 criaturas incontroladas, 
dedicadas al merodeo y al pillaje. Y Stalin "amado calurosamente" en 
todo el mundo, cuando el luto reciente de millares de familias tiene por 
causa la práctica criminal de las órdenes que dicta a sus agentes. 

La canción de los escolares soviéticos termina: "Nosotros aprende- 
mos así las lecciones para que Stalin diga: "¡Muy bien, muchachos!" 

No han conseguido los Soviets hacer aparecer a Stalin como un 
aposto] paternal; cuando la confianza hace que no exista el miedo en- 
tre los interlocutores, son frecuentes las críticas al dictador georgiano; 
en cambio, es unánimemente venerada entre los bolcheviques la figu- 
ra de Lenin. 



-" 



I 









RUSIA NO ES CUESTIÓN DE UN DÍA... 71 



Los rusos denominan al grado superior de enseñanza secundaria 
el technicum, y han establecido dos becas— stipendium— para se- 
guir sus estudios. El stipendium Stalin y el stipendium Worochilow, para 
vincular el interés de la juventud hacia los hombres representativos del 

régimen. 

En la Historia de la U. /?. 5. S., de Schtschestakoff (Moscú, 1938), 
que es un compendio de Historia Universal, además de omitir la ma- 
yor parte de los hechos cruciales en la formación de la Historia de la 
Humnidad — Grecia y Roma, el Cristianismo, descubrimiento de Amé- 
rica, el Renacimiento — , se falsea la historia moderna de Russia: a 
Trotski no se le menciona para nada en la preparación y dirección de 
la revolución de octubre, "Gran revolución proletaria , \ ya que las 
otras, incluidas ,1a francesa del 89 y Ha de Kerenski del 17, las denomi- 
na revoluciones burguesas. En cambio, procura unir siempre los nom- 
bres de Lenin y Stalin, haciendo de los dos gerifaltes rojos figura bi- 
céfala en la concepción y logro del comunismo. 

Mitad del texto lo ocupa la historia de la Revolución rusa; en las 
ilustraciones de 'la época prerrevolucionaria insiste morbosamente en 
temas de injusticia social o de tiranía despótica; un orondo burgués 
rehusando socorrer a una multitud de famélicos proletarios, cargas de 
la guardia del zar sobre manifestaciones obreras moscovitas; largas 
filas de deportados; amos con el knut alzado sobre las espaldas de po- 
bres mujiks, etc. 

En la parte moderna de las obras de Historia de la Revolución rusa 
l\s frecuente ver retratos y biografías de generales que la sirvieron, 
"depurados" posteriormente por Stalin, y así se encuentran en las escue- 
las muchos libros con manchones de tinta sobre los párrafos o ilustra- 
ciones que se refieren al caído en desgracia. 

Contrariamente a lo que se ha escrito, en Rusia no se ha prescin- 
dido, para la educación de la juventud, de la idea de Patria. Muy por 
el contrario, se ha procurado exaltar el sentimiento patriótico, dándole 
una orientación universalista, en el sentido de incorporación — agre- 
sión — de los pueblos de Europa, El nombre de Rusia ha desaparecido 
oficialmente. La gente dice: "Eseser", pronunciación ligada de ¡las ini- 
ciales — S. S. S. R. — de la Soius Soviets SotsiaJistiches Respublik 
(Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas). Aunque los viejos y 
hombres maduros continúen usando el antiguo nombre; son los que 
aún dicen: Gaspodyin ("señor"), en vez de towarich ("camarada"), y 
suspiran todavía con el "¡Boxe moiy!") ("¡Dios mío!"). 

Dice" Schtschestakoff en el prólogo de su obra: "La U. R. S. S. es 
un país socialista. Sobre el globo terráqueo hay un solo país socialis- 
ta. Es nuestra Patria. 

"Es el mayor país deil mundo. En el Norte está completamente he- 



72 JUAN EUGENIO BLANCO 



lado, y en el Sur el verano es tan calurosa que maduran el limón y la 
naranja y crecen el té y el algodón. 

"Nuestro país es el más rico del mundo en riquezas naturales. En 
él hay de todo cuanto es preciso para la vida. Cada año tenemos más 
pan y otras mercancías. Cada año tenemos más fábricas, escuelas, ta- 
lleres y cines. Con extraordinaria rapidez crecen nuestras viejas ciuda- 
des y se construyen otras nuevas. 

"Los trabajadores de la U. R. S. S. viven con más comodidades y 
alegría que nadie. 

"En ningún país d&\ mundo hay tal amistad entre los pueblos como 
en la U. R. S. S. En 11 repúblicas soviéticas viven hasta 50 diferentes 
pueblos con 170 millones de personas, todos ellos unificados en fra- 
ternal unión. 

"Todos los pueblos de la U. R. S. S. trabajan por el provecho co- 
mún. En la U. R. S. S. no hay parásitos capitalistas ni grandes propie- 
tarios. En la U. R. S. S. no existe la explotación del hombre por el hom- 
bre. De un país atrasado, nuestra Patria ha llegado a ser la más ade- 
lantada y poderosa. He aquí por qué nosotros la amamos y por qué nos 
enorgullecemos de nuestra U. R. S. S., país de los socialistas. ' 

"El camino hacia el socialismo nos lo ha indicado el gran partido 
comunista-bolchevique. El guió en la lucha a nuestros padres y her- 
manos, en la lucha de los obreros y campesinos cuando se sacudieron 
el yugo del Zar, de los propietarios y de los capitalistas. Después, 
guiados por el partido comunista, dimos el Poder a los obreros y cam- 
pesinos e instauramos el socialismo. 

"Este libro os enseña cómo fué la vida de las gentes en nuestro 
país, cómo lucharon los pueblos de la U. R. S. S. con sus enemigos y 
opresores, como se esforzaron para que nuestra Patria llegase a ser 
un país socialista. Por él sabemos también la vida y luchas de otros 
pueblos y en otros países. 

"Todo esto se llama Historia. 

"Nosotros amamos a nuestra Patria y debemos saber bien su nota- 
ble historia. Quien sabe ¡más Historia comprende mejor la vida actual 
y mejor luchará contra los enemigos de nuestro país y fortalecerá el 
socialismo." 

Este prólogo dará idea de la veracidad histórica de los capítulos 
que le siguen; pero si nosotros, en el contraste por el conocimiento 
de la vida en los demás pueblos, tenemos elementos de juicio para 
discernir la verdad y la mentira de Rusia, no así los habitantes de la 
U. R. S. S., quienes, desde Ja implantación del comunismo, no saben 
más noticias del resto del mundo que las que los periódicos y libros 



RUSIA NO ES CUESTIÓN DE UN DÍA... 73 

soviéticos les proporcionan. Y los dirigentes del nuevo régimen se han 
preocupado de hacer aparecer el nivel de vida en Europa más bajo 
aún que el que disfrutan los Soviets, y silenciar o falsear los hechos 
históricos. De ahí que apenas existan entusiastas de la idea comunis- 
ta en la población de más de cuarenta años, porque ha tenido tiempo 
de advertir la burda tramoya levantada, y se encuentran fanáticos en 
la demás gente, que no conoce más verdad que la mentira que le han 
hecho creer. 

Así puede hablar Schtschestakoff de "comodidades*' en el país en 
que la palabra confort no tiene sentido, donde la idea de un aparato 
de radio en un hogar obrero es inverosímil, donde la mayor parte de 
las viviendas la constituyen isbas rudimentarias, elementales, en que 
la vida no difiere apenas de la que las bestias hacen en el establo. De 
"alegría" en una tierra en que los motivos de sus exaltaciones jubilosas 
populares, las fiestas religiosas, fueron suprimidos, y donde los desfi- 
les oficiales son sordos, rencorosos, cantando a media voz himnos de 
agresión y de venganza; donde uno de los mayores alicientes en la vida 
del hombre es beberse medio litro de "vodka" que ,le deje sumido en 
un delirio adormilado, durante el cual olvida la tragedia de su existen- 
cia en el cruel "paraíso". De "fraternal unión" en el país que ahogó en 
sangre los anhelos de independencia del pueblo ucraniano, que efectuó 
la más terrible represión contra los armenios y habitantes del Caúca- 
so, que suprimió todos los sistemas judiciales y gradación de penas, 
no dejando más que la deportación — la muerte lenta — y el asesinato 
para los descontentos o simplemente indiferentes del comunismo. De 
"explotación del hombre"* cuando en la U. R. S. S. se practica la más 
degradante explotación del hombre por el Estado, no permitiendo el 
menor interés personal que haga agradable el quehacer cotidiano. 

Stalin no hizo más que transformar los viejos sentimientos de ex- 
pansión paneslavista por otros de una falsa redención de la humanidad 
trabajadora, para lo cual era premisa indispensable el imperio físico 
sobre los pueblos. 

Desde el advenimiento del comunismo todos los inmensos recursos 
materiales de la U. R. S. S. se movilizaron para .la creación del gran 
Ejército Rojo invasor. Los pueblos no eran lo suficientemente viriles 
para lograr su revolución, y había que conseguir por las armas el ani- 
quilamiento de la "opresión burguesa" en el mundo. 

Rusia levantó ante sus accesos unas murallas que nadie osaba atra- 
vesar; contados viajeros visitaban el país, siguiendo un itinerario obli- 
gado; se construían grandes factorías de guerra en lugares cuyo em- 
plazamiento, en algunos casos, es hoy todavía ixinorado; primer país 



74 JUAN EUGENIO BLANCO 



totalitario europeo, sacrificó incluso su popularidad en los años inicia- 
ciales — hambre, migraciones, desconcierto económico — en aras de la 
potencia futura, que le daría la dominación de la Tierra. 

La guerra con Alemania, declarada cuando aún estaba sin logar por 
completo el Ejército de invasión comunista, evitó a Europa y a la Hu- 
manidad entera la irrupción en tromba en los viejos solares de la civi- 
lización cristiana, de una juventud educada en el odio y técnicamente 
preparada para la destrucción. 



• w 



ÍNDICE 

Páginas 

Prólogo 3 

Explicación 5 

El Cuartel del Infante D. Juan ., ... 6 

Nos vamos a Rusia 9 

Días de Grafen!wórh 10 

Grafenwórh 11 

La marcha hacia Rusia 14 

Piedzanka fc 16 

Notwaja-Mjelnitza 20 

Sitno 22 

Possad 24 

Del diario de Possad 26 

Otensky 31 

La bomba del Monasterio , 33 

Arefino 36 

Invitación al vals de Moscú 38 

Udarnik 41 

Nowgorod, 1941 43 

Lago limen 45 

A orillas del Isora 48 

Krasny Ror 52 

Spanisches Kriegslazarett 54 

Wilna 57 

La ración de Hierro 1 59 

El frío 62 

Lili Marlen y Katiusha 65 

Enrique Sotomayor 67 

Pedagogía soviética .. 69 







PUBLICACIÓN K S 



ESPAÑOLA F